Cuba

Una identità in movimento


Una interpretación de la historia de Cuba desde el 2001 (Parte II)

Armando Hart Dávalos


Los reformístas no pudieron concebir sobre tales premisas la nación que objetivamente surgió, faltó lo que en esencia tiene la cultura cubana: la utopía de la redención universal del hombre. Y no es que muchos de ellos no fueran patriotas, es que para serio de forma consecuente había que soñar con la justicia social entre los hombres. No alcanzaron a comprender que la integración nacional cubana presuponía la inmediata y radical abolición de la esclavitud ni llegaron a comprender que la clave de la historia nacional estaba dada por la articulación de dos grandes necesidades: la abolición radical de la esclavitud y la independencia del país, y que esto sólo era posible por la revolución. Pero le temían a la revolución y era ella la única forma de integrar la nación, de lo cual podemos llegar a la conclusión de que la más amplia información y cultura, si no toma en cuenta el drama social y político, no podrá llegara soluciones certeras históricamente.

La inmensa cultura occidental, racionalista y científica de los reformistas, que era tan alta o superior a la del capitalismo de su época en el mundo, no logró alcanzar el sueño de una patria como la concibieron el pensar y actuar de Carlos Manuel de Céspedes, Ignacio Agramonte, Máximo Gómez y José Martí, entre muchos otros, es decir, la que hoy tenemos, y que para desarrollarse hacia el siglo XXI no puede renunciariamás al sueño de la libertad universal del hombre. Si abandona esta utopía dejará de ser; si la mantiene en alto continuará siendo mientras exista humanidad.

¿Cuál es la lección que nos dejó lo mejor y más patriótico del pensamiento reformista? Que aunque es indispensable, no basta para el cubano completo y cabal conocer, es también necesario querer y soñar con la igualdad social entendida en su alcance universal, y ello no se logra exclusivamente con el apoyo de las ciencias naturales, es indispensable también la conciencia, la voluntad y, por tanto, el cultivo de los sentimientos y las emociones y fortalecer la solidaridad humana. Esto último, aunque resulte más difícil de descubrir, posee fundamentos científicas e influencia objetiva en la historia. Es indispensable, pues, que venga en nuestra ayuda la imaginación y el vuelo que suelen tener los poetas, los profetas y los héroes. He ahí el decisivo papel de la educación y de la cultura.

Los independentistas, sobre el fundamento de su cultura y sensibilidad ética, inspirada y acendráda en el ideal humanista en su expresión más revolucionaria, tendrían iniciativas más realistas, aunque a los primeros les parecía imposible o muy peligroso.

Los que querían una Cuba libre radicalmente de España por las vías de la revolución, se planteaban, a su vez, una gran transformación social: la abolición de la esclavitud.

El sentimiento ético que animaba a los que soñaban con la liberación del hombre en la Cuba decimonónica, poseía más realismo histórico que el pensamiento capitalista y racionalista que proponía reformas graduales bajo la tutela de España. Los reformistas basaban su acción en que el sistema dominante en la península ibérica hubiera entendido sus demandas, lo que sin duda hubiese sido más beneficioso a sus intereses estratégicos en Cuba, pero las decisiones políticas no suelen adaptarse, la mayoría de las veces, en función de tales intereses estratégicos de un sistema social, sino de las aspiraciones inmediatas de los grupos que dentro de las clases dominantes las acaban por imponer. Es una meditación útil para que se analicen los retos que hoy tiene la civilización occidental en la etapa que han llamado "postmoderna".

La ética expresada en una utopía realizable hacia el futuro presente en el pensamiento cubario de la primera mitad del siglo XIX, estaba ensamblada con las necesidades de una Cuba independiente y sin esclavos, y acabó mostrando todo su realismo en la revolución nacida el 10 de Octubre de 1868 y que es la misma que hoy, 130 años después, sigue defendiendo el pueblo de Cuba.

En aquellos días iniciales, la ciudad de Bayamo fue tomada por las tropas patrióticas y, en el calor de la contienda, como una marcha llamando al combate, nació lo que más tarde seria nuestro Himno Nacional. Posteriormente, cuando el ejército español avanzaba hacía la ciudad, los mambises decidieron incendiaria por acuerdo de su Ayuntamiento. Con esa determinación y esa intransigencia surgía la patria cubana. Antecedente a tener en cuenta cuando hoy decimos ¡Patría o Muerte!

El Estado cubano se fundó con la creación de la República en Armas cuando se proclamó la Constitución de Guáimaro el 10 de Octubre de 1869, que le dio forma institucional al ideal independentista y de igualdad social. El 20 de Mayo de 1902 surgió la república neocolonial sometida al imperialismo, con un apéndice en su constitución cuyo texto fue aprobado por el Congreso norteamericano y que se conoce como Enmienda Platt. Esta república neocolonial, con algunos cambios posteriores, pervivió hasta el 1° de Enero de 1959, cuando emergió con la Revolución la etapa de la república independiente. Hemos tenido, pues, tres fases: la República en Armas, la república neocolonial y la república independiente.

Este proceso iniciado con la lucha armada, cuyos símbolos más altos fueron Céspedes y Agramonte, marcó la continuidad de la Revolución y de la nación cubana. Bajo las banderas de la República en Armas se forjaron hechos heroicos y se tejió una epopeya imborrable. Sin embargo, ocurrieron acontecimientos dramáticos en relación con la unidad entre los cubanos que condicionaron las fatales consecuencias del gran revés de El Zanjón. Es necesario estudiar los hitos de aquél doloroso proceso.

Analicemos la identidad esencial y las contradícciones entre los padres fundadores de aquella epopeya: Carlos Manuel de Céspedes e Ignacio Agramonte. No es posible analizar el pensamiento de cada uno de estos dos grandes sin tener en cuenta su identidad esencial y sus diferencias circunstanciales. Ambos, tanto en lo que se identifican como en lo que se diferencian, están unidos por la historia. Están situados en el corazón del pueblo como los símbolos más altos de la etapa revolucionaria que rompió el nudo anexionismo, reformismo, esclavitud. Ellos marcan los límites de las dos grandes épocas. Antes, esclavitud, anexionismo y reformismo eran corrientes predominantes, y el separatismo todavía no había sufrido su prueba de fuego. Después, la esclavitud desaparece como sistema de explotación, el anexionísmo naufraga históricamente, el reformismo deviene una concepción política cada vez más reaccionaria y el separatismo se impone como la corriente principal.

Céspedes y Agramonte representaron las concepciones democráticas e independentistas con tal fuerza y originalidad, que abrieron el camino para una evolución posterior del pensamiento revolucionario. Después de la Guerra de los Diez Años, el independentismo adquiere un carácter más radical y profundamente latinoamericano, que se expresa con toda nitidez en el pensamiento de José Martí.

Las diferencias entre Céspedes y Agramonte se refieren a cuestiones eminentemente prácticas que generan actitudes y maneras distintas de enfrentar los problemas de dirección de la lucha armada, y la decisión sobre el momento de disponer las medidas revolucionarias a las cuales ambos estaban adscritos.

Tales diferencias no podían constituir, en combatientes de la calidad revolucionaría de Céspedes y Agramonte, problemas insalvables. Prueba inequívoca de ello está en que, como señalara Fidel, durante los años anteriores a la muerte de Agramonte, se había ido produciendo un proceso de acercamiento político entre ambas figuras de la revolución independentista.

Céspedes es la recta personalidad de un revolucionario maduro, intrépido, y audaz, que había acumulado vasta experiencia política. Agramonte es el revolucionario brillante, cuyo fervor democrático, capacidad organizativa y arrojo militar, que lo sitúan en la historia como el hijo predilecto de la Revolución, que muere en plena juventud. Ambos eran revolucionarios de profundas convicciones y sensibilidad democráticas. Hombres así no se separan de la historia.

En el 1868, Céspedes andaba cerca de los cincuenta años. Impaciente, decidido, había acumulado la suficíente cultura, sensibilidad y amor a la causa de Cuba como para romper con todo lo que aquel medio colonial significaba y adscribirse al idearío más avanzado que podía concebirse en la Cuba de su época.

Para entender cada uno de sus actos, e incluso sus métodos y las formas en que él concebía podría dirigirse la guerra, hay que partir del hecho de que, en el momento de iniciarla, liberó a sus esclavos, los abrazó como hermanos y con ellos comenzó la lucha armada.

Hombre de carácter duro, según sus contemporátieos, fue sin embargo uno de los más disciplinados y de los que más subordinó sus criterios al interés de la unidad del movimiento independentista. Esto le atribuye un mérito especial, dado su carácter y sus ideas profundamente arraigadas.

Céspedes decía de sí mismo que era un hombre irascible y de un genio tempestuoso. Apuntaba también el Padre de la Patria: "Entre Los sacrificios que me ha impuesto la revolución, lo más duro para mí ha sido el sacrificio de mi carácter", José Martí, recordando esas expresiones de Céspedes, señalaba

Un hombre de su temple y temperamento, con firmísimas convicciones personales, acató con ejemplar modestia y disciplina, una serie de decisiones que consideraba erróneas.

Con concepciones tan arraigadas, muchas de las cuales la historia se ha encargado de confirmar como correctas, fue capaz de respetar — acaso como nadie — la autoridad civil, en nombre de la cual le destituyeron, y no le dieron el amparo necesario, dejándolo prácticamente a merced de la tropas españolas.

Para él, la unidad de la revolución y el principio de disciplina hacia las autoridades en que la misma había confiado su dirección, eran más importantes que sus propias convicciones. Puesto en la dramática disyuntiva de escoger, entre provocar la división interna o acatar las decisiones que consideraba afectaban el desarrollo de la guerra, no tuvo un segundo de vacilación. La necesidad de obedecer los dictados de la disciplina y el superior interés de la unidad los puso por encima de cualquier otra consideración. Un elemental deber de justicia histórica nos exige subrayarlo.

La Asamblea de Guáimaro adoptó decisiones que representaban una derrota para las concepciones "cespedistas" sobre los métodos y formas de dirigir la guerra. Céspedes las obedeció, e inspirado en el más sano patriotismo y en el interés de unificar todas las fuerzas independentistas, acató la manera parlamentaria de dirigir el movimiento insurreccional. Puso el interés supremo de la patria y la necesidad de la unión de los cubanos por encima de cualquier apreciación personal. Estas virtudes revolucionarias en hombres que tuvieron los argumentos y la autoridad histórica de Céspedes son excepcionales.

Con lealtad a los principios democráticos sostuvo el criterio de que la guerra no podía dirigirse si no era unificando la dirección militar y civil. Es curioso observar que sus argumentos en defensa de este punto de vista, estaban en parte referidos a que solamente en la majestad de la república constituida pueden darse las formas jurídicas que, en definitiva, adopte el país. En este planteamiento hay, dentro del gran debate político de la época, una argomentación jurídica, democrática y civilista. Podrá decirse que esta afirmación era un simple argumento en la polémica en que dolorosaniente se encontraban, enfrascados aquellos gigantes de la historia. Sin embargo, el criterio de que no existía autoridad suficiente para adoptar decisiones con respecto a la forma de gobierno, demuestra hasta dónde habían penetrado en Céspedes los principios jurídicos, en nombre de los cuales lo destituyeron.

Debemos distinguir dos momentos del debate político entre las concepciones que representaban los patriotas camagüeyanos y la de Céspedes. Antes de la Asamblea Constituyente, las discusiones tenían características eminentemente políticas. Cuando se plantea la destitución de Céspedes, el debate político había sido teóricamente zanajado y se había transformado en una lucha en que primaban las pasiones. Los móviles de índole personal estaban prevaleciendo. En el acuerdo de la Cámara influyeron factores de este carácter, y ha quedado como lección imperecedera que las decisiones políticas no deben estar afectadas por móviles o pasiones de índole personal. Lección ética en la historia política de Cuba.

En la sesión de la Cámara que de manera unánime se destituye a Céspedes, estuvieron presentes nueve miembros. Tenemos la más absoluta convicción de que si hubiera estado presente en aquella sesión un revolucionario de la autoridad, condiciones personales y estatura política de Ignacio Agramonte, no se hubieran producido los acontecimieritos en la forma en que los mismos tuvieron lugar ese día triste de la historia cubana.

La Cámara estaba investida de autoridad legal para decidir la destitución del presidente. Sin embargo, al hacer uso de esta facultad, cometió un grave error político: aceleró la división entre los patriotas y sentó las bases de la ilegalídad posterior. Por muy altos que fueran los méritos de casi todos los miembros de la Cámara, estamos en el deber de subrayarlo.

En 1873, la más efectiva garantía contra cualquier tendencia caudillista estaba en la autoridad institucional del Presidente de la República en Armas, y en el prestigio político e histórico de Carlos Manuel de Céspedes. El Padre de la Patria era, al momento de su destitución, el más sólido baluarte de la legalidad constitucional y de la unidad revolucionaria.

Caído heroicamente Agramonte, Céspedes se había convertido en la única personalidad con la autoridad necesaria y la formación política requerida para enfrentarse a las tendencias caudíllistas. Hasta por su propia educación hay que situarlo entre los más firmes defensores de los principios constitucionales. Nada ejemplifíca mejor este hecho que su actitud ante la destitucíón.

Cuando Céspedes se enfrentó a España, tuvo la audacia necesaria para adelantarse a sus compañeros e iniciar la guerra. Sin embargo, cuando en nombre de la patria la Cámara le enjuició y destituyó, tuvo la humildad indispensable para aceptar aquella decisión. Audacia y humildad eran, en última instancia, hijas del amor a Cuba y a la revolución.

En una carta íntima, decía:

No hemos de ver estos problemas como cuestiones exclusivamente jurídicas o constitucionales. Lo jurídico era la expresión formal de una necesidad política. El respeto a la ley en Céspedes y Agramonte era la expresión de su amor a la patria y a la independencia.

La solución del problema institucional estaba relacionado con cuestiones de enorme importancia práctica, se vinculaba estrechamente con la necesidad de hallar fórmulas que facilitaran la unidad del movimiento independentista. Tanto Céspedes como Agramonte. al manifestarse respetuosos por los aspectos jurídicos de l problema, estaban buscando la manera de canalizar or-gánicamente el apoyo de las masas a la lucha por la independencia y la mayor unidad y amplitud de la fuerzas revolucionarias. Ambos estaban animados por el noble interés de que la patria cubana apareciera ante el mundo como respetuosa de las fórmulas más civilizadas que ellos podían conocer para organizar y dirigir el Estado.

Por estas razones, la devoción de aquellos hombres a la ley y a la Constitución de su República en Armas, es uno de nuestros más hermosos recuerdos revolucionarios.

La idea de la república que ellos soñaron fue luego mancillada por el desenfreno de la política corrompida de la burguesía entregada al imperialismo yanqui. Pero el amor que ellos sintieron por las instituciones republicanas, por la Constitución y por las leyes de la patria que deseaban organizar, es un símbolo de su grandeza y ejemplo que hoy y mañana debemos recordar como una de nuestras sagradas memorias, porque en ese espíritu de obediencia a la ley latía un corazón de patriota inmaculado.

Sin embargo, el curso de la guerra demostró que las fórmulas jurídica y política de Guáimaro eran inefícaces para organizar y dirigir la guerra y alcanzar la victoria. La insuficiencia no estuvo en el espíritu revolucionarío de los asambleístas de Guáimaro. Allí, por el contrarío, radicaba su fuerza, estaba en el hecho de que las fórmulas más avanzadas de que disponían y trataron de aplicar no brindaban la solución acertada a los problemas que tenían ante sí. La dificultad consiste en que la solución más viable y práctica, es decir, la de Carlos Mariuel de Céspedes, la consideraron como menos revolucionaria.

Los grupos de una muy embrionaria burguesía nacional en el seno de una sociedad esclavísta y colonialista que sólo se gestaba entonces, salieron derrotados de esa guerra que ellos heroicamente iniciaron. Dejaron, sin embargo, para la historia nacional, el ejemplo inmortal de patriotismo y la decisión de liberar a los esclavos en la hora del alumbramiento de la nación. Se inmolaron en el altar de la patria y asumieron en la realidad de los hechos las ideas de libertad, igualdad y fraternidad. Y decimos en la realidad porque en otras partes sólo se expresaron en el terreno verbal.

¿Qué sucedió tras el revés del Zanjón? La muy incipiente pequeña burguesía, los sectores de la intelectualidad revolucionaria, los campesinos y los esclavos, liberados, tomaron definitivamente la responsabilid de dirigir el movimiento independentista.

La bandera de la patria pasó así a manos de las masas, y ya, de aquí en adelante, sólo serán las masas las que podrán defender frente a todos los obstáculos y vicisitudes, el estandarte nacional, el sentimiento patriótico, los principios de soberanía y autodeterminación, y los derechos de Cuba en el concierto de los países libres.

Las masas populares fueron, desde Baraguá hasta hoy, las únicas que pueden ofrecer resistencia a la injerencia extranjera e impulsar el desarrollo económico y social de Cuba.

Los gérmenes de una burguesía nacional que nunca logró históricamente cuajar, no concluyó con éxito su revolución, aunque dejaron para la posteridad el ejemplo de su heroísmo y las ideas más progresistas de su época. En consecuencia, sólo las ideas políticas y sociales capaces de interpretar los intereses de las masas, podían organizar en Cuba una sociedad nacional realmente libre e independiente.

Esta es la época en que el capital industrial y el bancario comienzan a fusionarse y en la que Estados Unidos da inicio a la exportación de capitales hacia otros países. En Cuba, después de 1880, las inversiones norteamerícanas empiezan a influir sobre nuestra economía.

Dos procesos van a desarrollarse en los últimos veinte años del siglo. Ambos han de afectar sustancialmente la historia de Cuba. Uno es el tránsito del calpitalismo norteamericano hacia el imperialismo, que tiene su reflejo en el início del proceso que culminaría con el control de la industria azucarera; y el otro, el fortalecimiento del carácter popular de la revolución independentista, lo que determina que ésta alcance una fuerza decisiva.

En los años sucesivos, José Marli se muestra como el factor aglutinante y el elemento organizador de todos los sectores de la población cubana que iban a continuar la lucha armada por la independencia. Maceo, por su extracción social, su prestigio militar y por las demás razones antes apuntadas, deviene el representante más puro de las grandes masas que integran el Ejército Libertador, y Máximo Gómez, de origen dominicano, abrazó la causa de la independencia con abnegación, inteligencia y coraje y se convirtió en el gran estratega militar de nuestra epopeya.

Las condiciones van madurando, la conciencia se va desarrollando y se llega así a tener ideas muy claras acerca de la estrategia insurreccional y de las formas organizativas capaces de darle unidad a la lucha e incorporar a todo el pueblo.

El carácter y la fuerza que la dirección revolucionaria le dio a la guerra, estuvieron a la altura de sus máximas posibilidades históricas; pero es más, en algunas cuestiones puede decirse que la dirigencia de Maceo y Martí saltó por encima de sui época. Ambos concibieron muy claramente el carácter antimperialista que había que darle a la lucha por la independencia de Cuba. Todo esto se puede comprender a partir del análisis del Manifiesto de Montecristi suscrito por Máximo Gómez y José Martí, con el cual se inició la última etapa de la epopeya independentista.

Desde las primeras líneas del Manifiesto de Montecristi se destaca que el propósito inmediato de la revolución iniciada casi 30 años antes en Yara era el "saneamiento y emancipación del país para el bien de América y del mundo". Este objetivo, de interés universal, aparece como lo más sustantivo del ideario martiano y está presente a lo largo del texto que suscribió con Gómez. En dicho texto se plantea asimismo que:




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Tomado de: Dr. ARMANDO HART DÁVALOS, Una interpretación de la historia de Cuba desde el 2001, Collección Pensamiento, Oficina del Programa Martiano, La Habana, 2001.


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