Cuba

Una identità in movimento

Ortiz y sus Contrapunteos (II)

Julio Le Riverend



Un análisis adecuado de este libro demanda ciertas consideraciones previas. De inmediato digamos que Ortiz en 1940 ha recorrido un largo camino teórico y metodológico, de incesante adidm de elementos instrumentales y conceptuales, sin abandonar — nunca lo haría — el positivismo básico de su formación. Sobre esto último haremos las necesarias advertencias más adelante. El desarrollo y definición de su principal campo y manera de investigación muestra que los sucesivos libros y ensayos y artículos corren parejos a los nuevos elementos de la realidad nacional y a las cambiantes orientaciones del pensar científico-social desde fines del siglo XIX. Huelga aclarar que no todas ellas eran válidas ni perdurables.

La sociología, la etnología, la psicología, la psiquiatría salían de la simple especulación, y con cuantiosos hechos y estadísticas, así como con creciente empleo de muestras, a modo artesanal si se quiere, iban abriéndose un camino propio, coincidiendo con la primera madurez de las ciencias naturales y exactas. Todo aparecía inscrito en, un reiterativo esfuerzo por "naturalizar" las ciencias sociales. Bastaría subrayar que César Lombroso, inspirador de los primeros proyectos científicos de Ortiz, inicia su obra magistral sobre el hombre criminal con la embriología del crimen y sus manifestaciones entre los animales. Aun en cuestiones más simples, allá por 1905, R. Petrucci, en su ensayo sociológico sobre "el origen natural de la propiedad", analiza el fenómeno de la apropiación entre los insectos, los crustáceos, los reptiles... y en los vegetales, aduciendo que se trata de un fenómeno de la naturaleza que "preexiste a toda organización legal". Jamás pudo darse como entonces un más artificial naturalismo.

1. En la primera etapa de su sabia elaboración (hasta 1920), Ortiz refleja básicas concepciones inspiradas en las categorías de la criminalística y la criminología. Comencemos por Los negros brujos (1906) y Los negros esclavos (1916), que formaban parte de una serie titulada el "Hampa Afrocubana". La primera de esas monografías era de un biologismo más enfático que la segunda; las separaba una decena de años, que no es poco, en hombres como Ortiz, dados al estudio con asiduidad irrevocable. Lo cierto es que la "mala vida", tema cultivado con peculiar regusto a fines del siglo XIX y principios del XX, la existencia, fuera de una sociedad implícitamente "normal", de grupos con un comportamiento antisocial, la marginalización de ciertos elementos y sus caracteres delincuenciales, constituían bases notorias del trabajo de Ortiz. ¿No había dicho Lombroso, en su clásica obra, refiriéndose a los "anormales":

Hablan como salvajes porque son como salvajes verdaderos en medio de la brillante civilización europea?

Sin embargo, la tesis natural-biológica de la conducta criminal de los brujos, que el autor veía como evidencia del "atavismo" — supervivencia de lo salvaje —, conformaba un esfuerzo extraordinario por liberar ese tema de las tradicionales consideraciones racistas y discriminatorias, sustituyéndolas por una investigación razonada de la génesis del fenómeno. En ese campo, a despecho de nobles móviles, Ortiz, siguiendo a sus modelos, abordaba los problemas como si correspondieran a otro mundo humano aparte, sin reparar que eran consustancial consecuencia de una sociedad dada, su estructura y dinámica, caracterizadas por la desigualdad y la marginación irreversible, a las que, por ende, lejos de ser ajenos, estaban profunda e inseparablemente unidos. Que el pecado fuera cosa del tiempo, no hay duda, pero, por otro lado, el propio ejemplo de Lombroso forzaba a una investigación de aspectos sociales en interrelacionada manifestación, que conducía por gravedad a establecer un vínculo entre la conducta criminal y la sociedad "normal" en que ella se producía. Posiblemente esta última senda que Ortiz tomó con decisión, le franqueó el paso a una superior e integrada visión del comportamiento de grupos en tanto son parte de la sociedad global. 0 sea, le llevó a transitar al pleno campo gnoseológico de las ciencias sociales.

Así en Los negros esclavos, aumenta el peso de los componentes historizantes, concretos claro está, por exigencia positivista, pero de grandes resultados teóricos porque le permiten dar unidad de objeto a su obra: en este libro su derivación hacia lo estrictamente social comienza a definirse. Hasta 1920 habría en él dos vertientes conceptuales distanciadas, una doble manera de contemplar y analizar la sociedad cubana, que se refundirán partiendo del progresivo abandono del "biologismo". No podemos medir hasta qué punto su participación en la política de aquellos días coadyuvó a este desarrollo lógico de sus posiciones iniciales, aunque de alguna manera la conducta antisocial de gobernantes y políticos al uso le impuso la percepción de una totalidad más diáfana: la sociedad cubana donde todo estaba en incesante choque de intereses e ideologías, de conductas y sentimientos. Y por eso, no olvida en términos absolutos el concepto de "mala vida", pues denomina al régimen de Machado "cacocracia" en el Manifiesto que publica al momento de exiliarse en 1930. Ya había lanzado esa palabra elocuente, por resunúdora, en su discurso de 1929 titulado "Ni racismos, ni xenofobias".

En 1926, tras de la publicación de su Proyecto de Código Criminal Cubano, deja por siempre esa especialidad originaria. De modo paladino afirmaba que la criminalidad más peligrosa, porque coincidía con el poder de legislar, constituía el rasgo principal de numerosos equipos gobernantes de la época. Idea que se entrelazaba indudablemente con su experiencia política y el eticismo imnanente de la tradición progresista cubana.

Fue aquel un momento en que se inicia la contemplación multiforme y unitaria de lo histórico-social. Y en ese viraje, todo lo que escribe revela una vigorosa interpenetración de campos cientificos así como de conceptos y métodos de investigación social. Ortiz, además, aprovecha cuanta oportunidad le ofrece su búsqueda para lanzar dardos y golpear contra las realidades malignas del momento. Actualismo que no es excepción sino discurso evidente de la cultura científico-social cubana desde su humilde nacer a fines del XVII.

2. Hemos dicho, y vale reiterarlo, que Ortiz no reniega de su filiación positivista. Rasgo general de todo lo que hizo fue mantener la necesidad de una actitud inquisitivo, sistemática y audaz, de volcarse apasionadamente sobre lo real social y conocerlo a fondo, de renunciar a hipótesis que moldearon lo dado, en vez de contribuir a explicarlo. Sin duda, lo que va quedando de su positivismo es más una conducta de sabio que una "filosofía" científica.

Lo cierto es que la historia va ocupando en su obra un lugar fundamental. Es cosa de advertir que, a lo largo de más de un siglo, el sueño sociológico de Comte se iba desvaneciendo frente a la ciencia histórica y al proceso de historización de todas las demás disciplinas sociales. La vuelta a lo histórico aparecía en nivel superior, más allá de lo narrativo y lo formal político. No se trata, por cierto, de una solución a la vieja querella entre eruditos, especialistas y profesores sobre cuál ciencia es la primera, cuáles las subordinadas o "auxiliares", como acostumbraban decir mis maestros allá por los años 20. No; si así fuese poco habríamos andado. La cuestión desborda esos términos mezquinos. Somos testigos de un complejo empuje teórico y metodológico en el cual lo dinámico, el devenir, el cambio, la transformación es, sin duda, centro forzoso de todo el pensamiento y de la práctica social, y deja a un lado las disputas "profesionales" sobre preeminencias y prioridades. Nos hallamos, pues, en terreno firme y fértil.

Ortiz, en razón de su progresivo compromiso con la patria, halló este camino por su cuenta, o al menos sin que hubiera huella de escuela alguna que lo condujese, en contraste flagrante con lo evidente de su juvenil filiación criminalística.

3. El Contrapunteo revela este fenómeno con una nitidez ejemplar. La obra se compone de dos partes. Una, lo que algunos han dado en llamar ensayo, cuando acaso valdría más calificarlo de síntesis de la sociedad cubana, pasada y presente, porque tal es su contenido y por ello no puede perderse frase ni palabra de su texto; otra, que viene en apoyo de ésta, y por referencia a temas específicos, cuya fuerza de penetrante erudición permite leerla con parejo deleite que el ensayo.

Desde luego, ya lo apreciará el lector, el todo forma una de las más finas creaciones de prosa española magníficamente acriollada que se haya escrito en nuestra América. Ortiz jugaba con las palabras sin perder los conceptos, ni sacrificar la hondura del análisis. Insuperable en la creación de vocablos, como fue el caso de transculturación, echado por primera vez a rodar en el mundo desde las páginas de Contrapunteo. No le faltaba una atrayente y honda gracia popular que tiene de hispana meridional y de mulata, hecha de contrastes entre la frase nítida y la palabra imprevista, explosiva, a veces popularpque invita a la sonrisa y a la meditación de la idea mollar que transfieren. Y, en fin, tiene un aliento de expresión, épico si pudiera decirse, que nos llama a ver y sentir lo que dice antes de toda reflexión confirmadora de sus verdades. No "hace" literatura, y podemos, sin embargo, llamarlo maestro de la lengua.

Lo cierto es que la historia va ocupando en su obra un lugar fundamental, abarcada, de modo unitario, en diversos campos específicos, como la historia económica, social, cultural y psicosocial, particularmente sobre el tabaco. Todo ello al servicio de la comprensión de numerosos temas abordados en la primera parte. Si bien se repara, Ortiz deliberadamente separó las conclusiones de su indagación presentadas en esa primera parte — el ensayo — de una manera maciza y fresca, para que la erudición fuera más que texto, apoyo y, más que digresión, monografía aclaratorio y separable. De este modo, claro está, podemos apreciar la existencia de elementos que se complementan y, sin embargo, tiene cada cual vida, utilidad y carácter propios. Nos atreveríamos a afirmar que aun desde tal punto de mira el Contrapunteo es una hazaña bibliográfica, verdadera obra de maestro, en la cual los oficios, el de las letras y el de la ciencia, son de pareja calidad.

4. En esas dos partes, aunque más bien en la segunda, se encuentran los elementos teóricos y metodológicos que conviene analizar en el estado actual del desarrollo científico social para definir la obra de Ortiz. Apuntemos, sin más, algunos de los caracteres de su formación positivista, comenzando por el "biologismo" social, la abrumadora importancia que concede al atavismo y la intrusión progresiva de concepciones historizantes, todo ello enmarcado entre 1906 y 1926. A partir de esa última fecha, al par que desaparecen los temas y conceptos iniciales, se desarrollan otros que, por cierto, no eran desconocidos para él. Y esto se revela de forma eminente en su Contrapunteo.

Un análisis de la totalidad de su obra — que hemos intentado en el prólogo a su Órbita — no sería posible ni oportuno en este volumen. Requeriría una indagación bibliográfica retrospectiva sólo iniciada y que algún día se presentará en texto más explícito. Proyecto que exige un laborioso acarreo porque Ortiz reunió con espontáneo enciclopedismo muy diversas especialidades y materias científicas en una sucesión de etapas, la última de las cuales se caracteriza por la integración y, en apreciable medida, la superación de todo lo precedente.

Historiador, lo fue en plenitud y, al par, sus obras de antropología criminal, de criminalística, de Derecho penal, de etnografía, de sociología, más bien psicosociología, de antropología social, de lingüística y folklore presentan una complejidad de análisis acentuada por un hecho singular de su personalidad: rechazaba sistemáticamente toda disquisición sobre teoría, metodología y clasificación científica, fuera en el sentido de campos o disciplinas, fuera en cuanto a escuelas y tendencias.

Nos parece que la Introducción de Bronislaw Malinowski al Contrapunteo afirma algo que puede servirnos de guía para analizar la contextura científica de la obra de Ortiz. Para el eminente sabio polaco el cubano era funcionalista, esto es, debía considerarse uno de los investigadores sociales incorporados a la escuela que él representaba como alto exponente. Cabría preguntarse: ¿fué Ortiz realmente funcionalista? Vaya por delante su reiterada afirmación de que no lo era, si bien conocía — y de ello no podría caber duda — la obra de Malinowski como la de otros etnólogos contemporáneos antes de 1930. Por nuestra parte, digamos que desde muchos años atrás se refleja en sus libros y artículos el conocimiento de autores como Durkheim y Grasserie en quienes, particularmente el primero, se encuentran en germinación algunos de los componentes conceptuales del funcionalismo, pero tampoco podría filiársele con los "institucionalistas". Igualmente, su conocimiento del marxismo — como alumno de Alfonso Asturaro y lector temprano de textos fundamentales — o su mención alrededor de 1910 de Marx como uno de los grandes genios revolucionarios de la humanidad no servirían para situarlo sin más en la corriente materialista histórica. Bastaría echar una ojeada a su biblioteca para constatar su familiaridad con las obras de Labriola (1902), de Marx (1904-1906), de Bebel (1906), de Engels (1908), de Durkheim (1906) y de otros autores sobre temas contemporáneos, apenas esbozados entonces, como el imperialismo, para percatarse de la intrincada universalidad de su formación. Y, desde luego, también del origen lejano de su aspiración y realización de sincretismo científico-metodológico en torno a los problemas de Cuba.

Tampoco sería suficiente aceptar su simple y reiterado testimonio negativo. La cuestión no es fácil de dilucidar. En primer término, Ortiz daba gran importancia a las motivaciones (o funciones) de toda práctica social, las cuales intentaba desentrañar. Sin embargo, para los funcionalistas hasta Malinowslci el prístino sentidó prevalecía por razón de los "imperativos culturales", fundados en necesidades primarias del ser humano (alimentación, reproducción, etc.) y volcados al "equilibrio" interno social. Este concepto de equilibrio todavía hoy no ha sido descartado de la antropología, aunque se le añada el adjetivo de "dinámico" que, lejos de mejorar el contenido predominante en los funcionalistas de la primera generación, con Malinowski a la cabeza, verdaderamente cercena el rol esencial del cambio. Con razón, aunque no la tenga en todo lo que reclama del sabio antropólogo, E.R. Leach, en la obra de evaluación editada por Raymond Firth, dice que la asunción del equilibrio como resultado de un largo desarrollo histórico, es una "conjetura histórica" contradictoria de lo esencial del pensamiento antihistoricista malinosquiano. Y tal contradicción se reproduce aun en nuestros días. En Ortiz se observa una tendencia muy clara a considerar esas motivaciones como entidades históricas y, por ende, cambiantes en una suerte de inestabilidad tan permanente como la de la sociedad toda. En la segunda parte del libro, especialmente con relación al tabaco, hay numerosos ejemplos de ello. Baste citar lo siguiente:

Por otra parte, el originario carácter sagrado que tuvo el tabaco entre los indigenas pronto se fue atenuando entre sus nuevos y sensuales gustadores, los inmigrantes de ultramar...

... pero, para explicar la extraordinaria difusión del tabaco entre los blancos hay que considerar otros factores basados en los valores reales de dicha planta que los europeos estimaron adaptables a sus costumbres.

De tal modo, uno de los pilares de la escuela malinosquiana queda realmente relegado a simple parte de una mayor y más dinámica contemplación histórica. Puede que ello se deba a una esencial diferencia entre el tema de Ortiz y los del sabio polaco. En efecto, éste se ocupó de los "primitivos", aunque al par realizó un intento de eliminar prejuicios y superioridades europeas, que es como decir colonialistas y, por otra parte, nuestro autor estaba inmerso en una sociedad evolucionada contemplada desde su interior más íntimo, puesto que ella estaba en él mismo. La diferencia es abismal, como se comprueba sin más diligencia, a nivel teórico en las críticas del funcionalista Merton, que no admite la transferencia de las conclusiones sobre los "primitivos" a las sociedades más complejas y se ve precisado a introducir el concepto de disfunción para abrirle un portillo, insuficiente desde luego, al fenómeno de cambio, a la dinámica social.

Malinowski vio el funcionalismo de Ortiz de una manera limitada, sin percatarse de que su temática y su historicismo eran cosa ajena al laboreo común de los antropólogos sociales de esa corriente. Razón tendría Kingsley Davis cuando afirmaba hace muy oocos años — y esto se podría invocar en el caso — que todos los científicos sociales, particularmente sociólogos y antropólogos, realizan análisis funcionales, pero en modo alguno debe considerárseles teóricos funcionalistas. Así como en la actualidad podría alguien decir que todos son estructuralistas, pero no todos por cierto andan la vía del estructuralismo. Y, por analogía, no todas las interpretaciones económicas de la historia son marxistas.

Muy llevado y traído por discípulos discrepantes y epígonos, no siempre animados de comprensión sino sólo de concesión, inevitable pero regateada, al carácter esencialmente histórico de lo social, la ausencia de historicismo es un dato importante en la obra de Malinowski, a tal punto que su obra denominada significativamente The dynamics of culture change (1945) se forja como defensa de esa carencia elemental, y en tanto que justificación de los componentes históricos, muy dispersos por cierto, que hay en sus obras anteriores. Sin embargo, allí mismo dice, que "... lo que interesa es lo que está vivo y no lo que está muerto", reduciendo la historia a mera consideración, y no esencial, de supervivencias o sistemas secundarios, dependientes, frente al mecanismo de los "imperativos culturales" que corresponden a la satisfacción de necesidades naturales primigenias. Lo que él llama el pasado "muerto" interesa exclusivamente, con cierto énfasis peyorativo, al "anticuario". Y ello es así, añade además, porque la reconstrucción del pasado, en África, por ejemplo, conforma una gestión fútil, carente de sentido y de utilidad para la comprensión actual. No le faltaba razón, empero, cuando explicaba que

... los pueblos están influidos por los errores de lo que sienten y no por la verdad de lo que ignoran.

Cierto, siempre y cuando se considere con elemental cortedad que la historia se integra al ser social solamente como sabiduría o, si se quiere, erudición, lo cual parece confundir historia e historiografía. Es cosa de preguntarse si el sabio polaco sería entonces de los que pensaban que hay pueblos sin historia...

Ortiz estudia fenómenos en cuyo análisis coincide con elementos que, por otros caminos y con diferente conclusión así como por la diversidad de las sociedades estudiadas, constituían el meollo del funcionalismo. En tal sentido podría afirmarse que Malinowski presintió en la obra de Ortiz la posibilidad de extender su escuela a otros conjuntos sociales, pero no vio que de ese modo los fundamentos de su posición téorica y metodológica quedaban auténticamente sustituidos. En efecto, ni los primarios "imperativos culturales", ni las funciones, los trasfondos biológicos y psicológicos tienen gran cosa que hacer en el análisis de las sociedades más evolucionadas, y son desplazados por otros elementos como la estructura económica, su lógica y su dinámica, las clases sociales, la afirmación nacional y el entrecruce de las herencias del pasado, con las compulsiones del presente y las exigencias del futuro.

5. Notamos en el Contrapunteo dos elementos de suma importancia. Uno, en apariencia residual, como procedente de una etapa anterior de la formación científica del autor. Es el caso del concepto de la "mala vida". Cuando habla de la difusión del tabaco en España (y Europa) enfatiza el papel jugado por los marineros, soldados y aventureros que iban y venían a través del Atlántico. También en otros temas, como el del mestizaje cultural, particularmente música y danza, la gente "margínal" formaba el núcleo del primer intercambio entre metrópoli y colonia y, asinúsmo, creaba nuevas manifestaciones que, a través de un proceso de asimilación, pasaban a ser patrimonio de toda la sociedad colonial, en primer lugar de su aristocracia. No obstante, la "mala vida" en estos casos había dejado de ser cosa del ámbito delincuencias y constituía solamente una característica de la inserción de esos hombres, gente de mar, de armas y negros y negras, segregados por razón de clase o categoría. Lo que en obras anteriores era "anormal", delictivo y atávico, ahora era un fruto de la vida social, algo esencialmente histórico, mirado más en su función creadora de otro tipo de vida que como comportamiento de grupos o de individuos anormales. Se habla invertido totalmente la imagen de los marginales: en vez de investigar su forma de conducirse o de comunicarse se analizaban los resultados del modo de vida que los definía. Ya en su investigación sobre los negros curros, dada a conocer en 1926 y no terminada, apuntaba esta reversión del análisis. Se aproximaba, pero sólo eso, a la posición actual de numerosos científicos que ven lo "anormal" como un normal producto social o protesta, así sea ineficaz, y al par, como creación social, aunque no cambie la sustancia tradicional; se atiende en suma, ante todo, a los nuevos elementos que aportan esos grupos por su origen dentro de la estructura social.

El otro rasgo que va calando su obra después de 1920 y que lo distancia del funcionalismo, se manifiesta en lo que pudiéramos llamar "actualismo". Entiéndase por ello no un discurrir sobre cualquier tema por vulgar incitación de lo que ocurre en el momento; no es disfrazar con ciencia lo que se quiera decir de hoy, ni mucho menos volver a la clásica y, por cierto, imperecedera "magistra vitae". El actualismo tal como se presenta en la obra de Ortiz es otra cosa. Algo que la más generalizada experiencia de los historiadores acredita como una exigencia de comparar o contrastar el pasado y el presente. Que ello suceda y aparezca movido por una intención crítica, no cambia la naturaleza de ese salto transtemporal que une los dos cabos de la histeria, el pasado historiado y el presente que se vive. Negar que eso sea en ocasiones una necesidad imperiosa del quehacer científico equivale simplemente a mutilar la verdad humana del científico, que no por callarse deja de aproximar los dos tiempos. Ortiz solía hacerlo con ironía o amargura, poniendo frente al hecho del pasado, concebido como algo propio de la lógica de su momento, lo absurdo, ridículo o inaceptable del presente. Su actualismo se aproximaba al concepto de la "historia que se repite", que hallamos en Marx, suerte de contrapunteo entre tragedia y comedia, pero si bien se mira le viene de la ilustración dieciochesca en su versión volteriana.

6. De principal significación es todo el desarrollo de la idea de la extranjería de la industria azucarera a lo largo de los siglos, como una constante fuerza decisiva y creciente en la vida del pueblo cubano. Otro tanto diremos de la contribución del tabaco a la formación nacional cubana, a la cubanía.

Pero ya hoy día [explica], por desventura, todo lo va igualando ese capitalismo que que no es cubano, ni por cuna ni por amor.

Baste esta rápida referencia para mostrar, igualmente, la índole de su frecuente alusión al presente. Y ello aparece en artículos y disertaciones no compilados todavía, pues no era en él una novedad referirse a la dominación extranjera como lo hizo en La crisis cubana (1919), en La decadencia cubana (1924), en Ni racismo, ni xenofobias (1929). Y lo reiteraría en Mesa rodante: imperialismo y buenavecindad (1947).

7. Hay algo de entidad, si se quiere teórica, en la obra de Ortiz. Tras el,ensayo aparece una sección titulada "Del fenómeno social de la 'transculturación' y de su importancia en Cuba". Posiblemente es uno de los pocos momentos en que el autor se expresa sobre problemas generales de las ciencias sociales.

Claro está que el mestizaje de las culturas, principalmente por razón del colonialismo, no era desconocido por etnólogos y antropólogos sociales, ni sociólogos. Sin embargo, la temible, por cuantiosa e irregular, bibliografía sobre Asía y Africa, más sobre este continente que sobre aquél, había permanecido desde mediados del siglo pasado en una función ancilar de estudio de los "primitivos" para conocerlos mejor y explotarlos de manera óptima. Tal como había sucedido respecto de los indios con los españoles del siglo XVI, pero sin la original amorfia de éstos, de un Sahagún pongamos por caso. Conocer más a fondo esos casi-hombres de piel no blanca suponía, además, disponer de un carnbio eficaz para penetrar y destruir sus instituciones en la medida que ello se requería, para asegurar la dominación. Fueron, quizás los funcionalistas con Malinowski a la cabeza de los primeros modernos que trataron de convalidar por si mismas las culturas "primitivas" y de difundir el concepto de su equilibrio interno como instrumento de preservación, pues todo cambio debería considerar, ante todo, la sociedad que los colonizadores pretendian modificar con su acción "bienhechora". No por azar, sino por necesidad histórica, Malinowski desde 1929-1930 era partidario de la antropología aplicada; sin percatarse de ello, conciliaba el respeto a las sociedades sometidas, por otra parte ya desnaturalizadas, don el colonialismo esencialmente invariable. Proyecto que era, en verdad, estéril.

Sería oportuno en estos momentos rememorar algunos otros caracteres de la obra malinosquiana. Aparece él, ante numerosos de los especialistas que le siguieron, como un esforzado paladín de la antropología "aplicada", en lo que, sin duda, siguió de cerca a Radcliffe-Brown, y, por otra parte, lo extrajo de su propia construcción metodológica en el período de violenta polémica (1926-1928) que dio licencia de circulación científica a la antropología social y cultural. Había en ello una actitud que se nos antoja enraizada desde la temprana formación de Malinowski como polaco colonizado o sometido al extranjero austríaco. No es menos necesario subrayar que en su obra sobre el cambio cultural, ya citada, y como parte inseparable aunque no muy coherente de su justificación historicista, dice:

... el historiador del futuro, tendrá que registrar que el europeo (...) exterminó a veces totalmente pueblos (...) expropió la mayor parte del patrimonio de razas salvajes (...) introdujo la esclavitud en una forma especialmente cruel y perniciosa que si la abolieron después trataron a negros (...) como marginales y parias.

Pasemos por alto la visión más amplia que pudo haberle proporcionado el Contrapunteo — que él cita —; lo que hay en todo ello es un impulso de crítica y superación del colonialismo brutal desatado en África desde la segunda mitad del siglo XIX. Tardío, ese respeto al equilibrio cultural de los pueblos avasallados carecía en el mismo de perspectivas fructíferas; en la legión de especialistas que le siguen se transformó, buen grado, mal grado, en instrumento de una política encaminada a dejar las regiones sometidas erizadas de islotes que no son resultado de un desarrollo propio de las antiguas sociedades primitivas y complican ad infinitum la construcción eficaz de nacionalidades jóvenes y vigorosas. Si mirásemos a la América Latina constataríamos, paralelamente, lo que con buen juicio Villa Rojas denomina fracaso de la antropología "aplicada".

Fuera oportuno decir que la esterilidad de la antropología "aplicada" como instrumento de transformación social no es diferente del callejón sin salida en que se encuentran las teorías de las sociedades "duales" y "pluriculturales", pues ni explican realmente, pese a su invocación de generalidad, ni guían. Describen, nomás.

Al cabo de un siglo de colonialismo y de discriminación interna, esta preocupación malinosquiana por mantener la integridad cultural de los pueblos, es una ilusión, a menos que éstos, ya liberados, tomen de su ser histórico aquello que les permita emprender un camino nuevo y mejor. El Contrapunteo no se inscribe en esas líneas, smo en las de un pueblo capaz de ser dueño de sí y en el cual el desgarramiento interno va siendo represado por la conciencia de un diferente e integrador conjunto social. Aun menos cabe aproximar los fundamentos de partida de ambos, si reparamos en una luminosa afirmación de Ortiz, en el "Manifiesto de la Asociación Nacional contra las discriminaciones raciales" (1939):

Los prejuicios racistas son principalmente una consecuencia del sistema económico-social que divide las comunidades humanas en porciones desigualmente dotadas, favorecidas las unas por toda suerte de privilegios y aquejadas las otras por las peores limitaciones.

Hipótesis e implicaciones llevaron a los funcionalistas a reconocer el fenómeno de la interpenetración cultural. Pero, por razón del objeto de su estudio sujeto a pleno colonialismo, la visión era necesariamente lineal. Como tiene que ser la del fenómeno similar en América después del Descubrimiento. Cuando la cultura de conquista choca con la "inferior", la destruye sin más o la fuerza a identificarse con sus fundamentales caracteres, que es otra manera de destruirla. Tal es lo que ha sucedido de modo catastrófico en África, en el Asia, en Oceanía, en la América. Casi no hay intercambio, sobre todo si el blanco se reduce a una minoría cerrada, que no constituye familia mestiza o lo hace excepcionalmente, como sucede en el colonialismo europeo más reciente, a diferencia de lo ocurrido en el siglo XVI, cuando la formación de una numerosa población híbrida sirvió de vehículo al intercambio cultural en los dos sentidos.

Por eso el vocablo aculturación (o inculturación, creado por Ortiz) refleja el movimiento lineal, en un solo sentido o casl Esto sin contar que su génesis anglosajona transfiere a la lengua española un sentido implícito que no responde a las condiciones de una cultura nueva y mestiza en creciente madurez como la de Cuba y numerosos países de la actual América Latina.

En el capítulo mencionado, con su empirisrno peculiar, Ortiz refleja la historia de la transculturación cubana partiendo ciertamente de la destrucción de los indios hasta mostrar — como lo hace en el ensayo — el resultado actual de ese proceso, al par devastador y creador. Es decir, que Ortiz crea el vocablo teórico transculturación al dilucidar los caracteres de una cultura mestiza ya hecha; o sea, precisamente en una investigación que se sitúa en el extremo opuesto a la de los funcionalistas. Genera simultáneamente palabras para los conceptos implícitos: desculturación o exculturación, para la primera fase histórica de destrucción colonialista; inculturacíón, como sustitutivo de aculturación, para el fenómeno lineal de sumisión a la cultura de conquista; transculturación, para la fase plena del proceso, esto es, para el intercambio en los dos sentidos; y neoculturación, para la creación y definición de la cultura producto de todo el proceso. Sin duda, Malinowski percibió la valiosa aportación de Ortiz y la suscribió posiblemente sin reparar gran cosa — o silenciándolo si tuvo conciencia clara de ello — en que ese vocabulario nuevo constituía una objeción al funcionalismo, o, cuando menos, una sustancial adición. Todo se resume, una vez más, en que Ortiz medita acerca de hechos propios de una sociedad evolucionada y, además, como científico armado sin reservas contra una nueva forma de colonialismo, lo cual era muy diferente de las condiciones en que realizaba su polémica obra el sabio polaco.

Otra característica se revela en esa disquisición teórico-metodológica de Ortiz. Todo sin excepción queda sumido en el concepto de transculturación. Lo dice, no sin ¡aplicaciones criticas, coherentes con el ensayo:

No hubo factores humanos más trascendentes para la cubanidad que esas continuas, radicales y contrastantes transmigraciones geográficas, económicas y sociales de los pobladores; que esa perenne transitoriedad de los propósitos y que esa vida siempre en desarraigo de la tierra habitada, siempre en desajuste con la sociedad sustentadora. Hombres, economías, cultura y anhelos todo aquí se sintió foráneo, provisional, cambiadizo, "aves de paso" sobre el país, a su costa, a su contra y a su malgrado.

Una vez más destaquemos aquí esa voluntad de síntesis de Ortiz que cubre todo el quehacer social con el concepto de cultura, pero no al punto de ocultar que lo foráneo es también algo que cae sobre el país

... a su costa, a su contra y a su malgrado.

A la aparente construcción positiva del fenómeno de la transculturación, se opone una profunda perturbación permanente por razón de lo foráneo y dominador. No podría ser de otra manera en quien como él dijo en el muy enfáticas verdades sobre la dominación del capitalismo norteamericano y sus consecuencias en el orden político, social y cultural. Ni siquiera por razón del culturalismo — que le viene, claro está, de las ciencias sociales de la tercera y cuarta décadas del siglo — cae Ortiz en una interpretación lineal y conformista de las complejidades del devenir humano. En el fondo, la transculturación así concebida niega el esencial equilibrio de los funcionalistas, incluso los posteriores a la publicación de la obra de Ortiz, como Parsons y Merton.

8. ¿De dónde proviene?, ¿en qué se afinca esa obvia intención de síntesis y de equilibrio teórico y metodológico que se expresa en toda la obra de Ortiz y muy particularmente, después del Contrapunteo, en sus libros sobre la cultura afrocubana? Si volvemos a su biografía científica, notaremos que sus lejanos y cercanos inspiradores fueron hombres a quienes, de diferente modo y con resultados dispares, interesaron todos los fenómenos y trataron de aprehenderlos. El ejemplo más ilustrativo seria Lombroso que, como decíamos en el prólogo a la Órbita de Fernando 0rtiz, era una individualidad multidisciplinaria. Y, después, el profesor Asturaro que, enfrentándose a Comte e intentado complementar a Marx, creía necesario examinar y correlacionar todos los fenómenos sociales, tanto los de la estructura como los de la superestructura, sobre todo éstos, en su estricta esfera de expresión. Idea esta que renuncia a la comprensión global de la sociedad y el hombre; por cierto, todavía presente en Lévy-Strauss (La pensée sauvage) cuando precisa que la infraestructura es de la historial reino de Marx, y la superestructura, otra cosa, dependiente de la psicología. Como si fuesen mundos diferentes y en buena medida incomunicados. Con el tiempo Ortiz enfatiza en su propia obra, de un lado, el afán resumidor de campos cientificos y, de otro, el proyecto abarcador de todos los fenómenos. En última instancia, su actitud ante la Revolución desde 1959, considerándola como necesaria a despecho de su condición de terrateniente y deducida racionalmente de toda la historia anterior, no es más que la cima política de una actitud científica basada en esa justa apreciación de la totalidad social de su patria.

Aun cuando en la Introducción veamos que Malinowsld le califica de funcionalista, nos parece suficiente el análisis de su obra para dudar que lo fuera en sentido estricto. Si, además, su positivismo, nunca negado, se iba transformando en pura disciplina inquisitivo; si sus contactos con el marxismo no se tradujeron en una presencia diáfana del materialismo histórico; entonces, Ortiz se revela como un científico que, sin preocupación o afán de escuela o tendencia, intenta poner al servicio de su búsqueda todo aquello que le parece apropiado para calar más hondo en la realidad pasada y presente de lo cubano. Tanto más que la existencia movediza, si no confusa, de la sociedad en que vive y siente le traza tal camino. La formación positivista de Ortiz también le exigía esta manifestación de empirismo, de descreimiento e irrespeto a todo lo que pareciese "metafísico".

Sin embargo, la calidad del análisis de la historia atormentada y frustrada de su Cuba es, todavía hoy, grandemente válida y merece ser estudiada acuciosamente. Su crítica seria sin duda de muy provechosa enseñanza. Olvidar que en el pasado hubo indagaciones capaces de darnos una verdad útil, sería tanto como sustentar nuestras concepciones actuales de un. vacío. Nadie osaría afirmarlo. El análisis que nos ofrece Ortiz sobre el gran problema de la patria — la dependencia económica y política, la. trama nacional multi-étnica — tiene elementos de suma importancia científica y práctica. Y en su momento, suponía la incorporación del autor a la legión de hombres, fueran anónimos o conocidos, que planteaban parejas cuestiones para darles solución. Su tenaz emprendimiento antirracista contribuyó a expresar la nueva conciencia nacional, trascendiendo las fronteras cubanas, como reveló el eminente haitiano Jean Price-Mars en 1951 cuando lanzó la idea de proponerlo para el Premio Nobel de la Paz porque era un

... obrero que desde hace cincuenta años trabaja por la harmonía Universal.

Todo ello lo dio, además, en el marco de una sabiduría auténtica y un decir excelente que transmiten al Contrapunteo un valor ejemplar. Entonces fue leído con fruto; hoy todavía puede alentarnos mucho. Nuestro quehacer no anda tan mal si marcha con sus iniciadores y paladines eminentes y acompañado de hombres de la talla de Ortiz, universalista, polifacético, investigador sin tregua y sobre todo cubano hasta el último aliento de su larga vida.

Y ¿qué decir del hombre que cumplió una vida de tan cuantiosos y ricos resultados? Paso a paso, publicó más de una veintena de libros, centenares de artículos, cuya recopilación temática daría materiales para diversas monografías importantes; sus discursos y conferencias fueron numerosos. Su correspondencia, en cambio, era más bien lacónica, un tanto impersonal, quizás le interesaba mucho más conversar y en ello revelaba su personalidad y sus recuerdos, sus juicios más desnudos sobre personas y hechos conocidos que eran muchos, al cabo de cuatro décadas de fluir histórico. Longevo lúcido — falleció en 1969 —, durante más de cincuenta años habla dedicado continuas jornadas, generalmente nocturnas, a lecturas, anotaciones y reflexión. Gustaba particularmente después de 1933, reunirse por las tardes con quienes, fuese uno solo o varios de sus colegas y amigos, iban a debatir con él acerca de cuanto había de nuevo o renovado o persistente en la tierra y en el mundo. Quien estaba al día, curiosidad sin límites, era Ortiz. La conversación derivaba por todos los caminos posibles, sin brújula y a ocasiones con mal tiempo. Escuchaba atento y hablaba sin escucharse a sí mismo. Rehuía, como hemos dicho, las teorizaciones y, so capa de una observación agnóstica o escéptica, alentaba a los demás a proseguir el camino que a veces perciblamos como algo que también él hubiese deseado emprender, no con reniego de su quehacer sino por aquel su insatisfecho afán universalizador. A cada observación oponía un comentario que obligaba a su interlocutor a ver algo diferente o no previsto, especialmente en cuestiones internacionales, sobre las cuales hubiese podido escribir muy buenas páginas. Siempre fueron esos temas la, expresión de su poderosa voluntad de vivir realmente en el mundo.

Durante años su casa fue más una peña, cátedra libérrima, que cenáculo, más ruta que oasis, pues a nadie cerraba sus puertas, así concurriera por efímera curiosidad. Allí estaban los jóvenes y no tan jóvenes, militantes políticos, intelectuales, artistas; de la vacía e irreal aristocracia, nadie; de los negocios habla pocos, como tenía que ser. De la doble vida, política y científica, que había llevado como carga necesaria antes de 1930 sólo quedaba una, definitiva, de auténtica legitimidad.

El Contrapunteo representa lo que en conclusión de sus afanes había adquirido Ortiz a la altura de su magnífica madurez, así como era símbolo y realidad de su existencia total. Vida, obra, saber y hacer en contrapunto infinito, en incesante combinación de ideas; decir que como constructiva oposición, pudiera resunúrlo todo. Español y como tal reticente frente a la hispanidad y "la raza", al par que cubanísimo; cubano y ávido de lo universal; positivista confeso y sintetizador esforzado de metodologías; científico y político práctico, predicador de ideas y ejecutor de muchas de ellas; gran maestro, carente de cátedra y sin cercanos discípulos, pero sembrado de ejemplos presentes en muchos de los de su tiempo; extraordinario prosista y cultivador del lenguaje popular; especialista y enciclopédico científico social; todo, así sea un minuto de su pensar y hacer, una línea de sus libros, una frase de sus discursos, contrapuntea como si en el hondón de su ser se hubiesen entrecruzado los cantos múltiples, las sonoridades contradictorias, maravillosamente integrados, de tiempos diversos y gentíos diferentes, unidos en la patria para crear y asir el futuro.




    Bibliografía

      Bio-bibliografía de don Fernando 0rtiz, Biblioteca Nacional José Martí, La Habana, 1970.

      Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar, La Habana, 1940 (reediciones: cubana 1963; norteamericana revisada, Nueva York, 1947 y 1970; española, Barcelona, 1973).

      Firth, Raymond (ed.): Man and culture. An evaluation of the work of Bronislaw Malinowski, Londres, 1957 (reedición de 1968).

      González Casanova, Pablo: "Los clásicos latinoamericanos y la sociología del desarrollo", en Sociología del desarrollo latinoamericano, Universidad Nacional Autónoma de México, México, 1970.

      Lombroso, César: L'homme criminel, 2 ts., Paris, 1895.

      Merton, Robert K.: Teoría y estructuras sociales, México, 1964. "Mesa rodante: imperialismo y buena vecindad", en Cuadernos Americanos, septiembre-octubre de 1947.

      Órbita de Fernando 0rtiz, Unión de Escritores y Artistas de Cuba, La Habana, 1973.

      Parsons, Talcott: The social system, Illinois, 1951.

      Petrucci, A.: Les origines naturelles de la propriété. Essai de sociologie comparée, Bruselas, 1905.

      Tuñón de Lara, Manuel: Estudios de historia contemporánea, Barcelona, 1977.

      Villa Rojas, Alfonso: "Antropología aplicada e indigenismo en América Latina", en América Indígena, XXXI, I, enero de 1971.




Parte I — Parte II



Tomado de: JULIO LE RIVEREND, "Ortiz y sus Contrapunteos", in FERNANDO ORTIZ, Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar, La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 1991, pp. V-XXXVIII (or: Prólogo a la edición de la Biblioteca Ayacucho, Caracas, 1978)


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