Cuba

Una identità in movimento

Ortiz y sus Contrapunteos (I)

Julio Le Riverend



Acompáñeme, lector amigo — todo lector lo es —, en una — ¿cómo diré: excursión, incursión o transcursión? — por la obra y la vida de Fernando Ortiz, sabio, cubanísimo autor del Contrapunteo.

Prometo no agotar su paciencia en numerosas dilucidaciones que ojalá juzgue necesarias y útiles. Si el recordado maestro exige esta dilación, no lo pide menos esa justicia insoslayable ni ciega, ni con balanza, sólo con la verdad, que llama a cada generación al deber de decir cuánto debe a los predecesores y también lo que reclama de ellos. No hubiera ese deber, y siempre seria conveniente decir quién fue, cómo fue y qué hizo en sus circunstancias y expresión, aquel que abrió un camino, sin cuyo trazado no pudiéramos ver otras cumbres científicas ni quererlas más altas y diáfanas. Porque, digámoslo de inmediato, Ortiz fue maestro, por su maestría y su magisterio científico. Y no lo fue menos, sino más, por su raigal cubanía.

Hubo otros, como él, cada cual a su manera, constructores de un espíritu crítico de la primera Républica y una síntesis perecedera, como todas; mas por ser sus iguales en esta perspectiva de hoy, aparecerán aquí mencionados sin más glosa o con la mínima y algún día deberá emprenderse con ellos pareja valoración, para apreciar hasta qué punto los hombres de aquella época, en nación amputada y vacilante, avizoraron a tiempo y en buena medida lo que después ha sido obra reparadora de todo un pueblo.

En tiempos de repliegues históricos, la crítica y la indagación, que destruyen y edifican a lo largo de un añoso laboreo, son instrumentos reveladores de lo que en la entraña del ser social va abriéndose paso para decir su verdad. No verlo de este modo en el hacer vario, contradictorio a veces, irregular, escrito, hablado o callado de Ortiz, sería desconocer que hay momentos de un pueblo, sobre todo cuando aún parece más bien un gentío, en que la obra común, colectiva, se presenta sólo y aparentemente, desde luego, como cosa de una personalidad o de unas pocas. Razón de más para que digamos al lector algo que no sea un simple comentario sobre el magno libro que se pone en sus manos, sino también por qué y cómo, al cabo de un largo viaje por la ciencia y la patria, pudo escribirse.

Esta edición de la Biblioteca Ayacucho contiene una de las obras cimeras de la ciencia social y de la literatura latinoamericanas. Lo es, no solamente por la erudición y el noble decir que en ella se nos entregan apenas iniciada la lectura, sino igualmente por su esencia cubana. Todo, forjado y expresado en ese característico espíritu de búsqueda afanosa para la comprensión de su sociedad impedida, trozada, angustiada, que caracteriza la sabiduría de Ortiz. También, debido a su perdurable oportunidad, ella queda inscrita en el proceso de formación y coherencia del pensamiento cubano sobre Cuba, como punto de partida, incitación señera de la investigación social para un futuro que ya es presente. Malinowski lo decía en su Introducción a la primera edición de Contrapunteo: como rosa de los vientos, sugiere numerosos caminos a la indagación nacional.

El Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar llegó como apropiáda expresión de una luminosa madurez y resume aspiraciones científicas cuyo inicio databa de los años finales del siglo XIX. En medio de hartos trajines políticos, cívicos y científicos, numerosos libros, ensayos y folletería varía fueron sembrando una experiencia múltiple y singular, ahora expresada en nivel de superior ideación.

No sorprenderá al lector saber que Fernando Ortiz fue hombre de un momento en que el viraje necesario entre la colonia y la República hemipléjica de 1902 se detiene y que por, razón de edad queda sin vínculos con aquélla e insatisfecho de ésta, en una suerte de vacío que le compromete a un esforzado trabajo de dilucidación. Un azar de tiempo lo situó entre los que pelearon por la independencia y los que habrían de combatir bravamente por una nueva patria, cerca de los cuales lo vemos desde la tercera década de nuestro siglo. Claro está que si hablamos de azar nos referimos simplemente a la relación entre su manera de hacer y decir y la de los que le preceden y los que le siguen, contemporáneos unos y otros. Como tiempo humano, el suyo llamaba a contradicciones, a entrecruces de generaciones y a nuevas, específicas perplejidades en lo cual, ciertamente, no había azar alguno.

Ortiz nació en La Habana, el 16 de junio de 1881. Apenas había cumplido un año, la madre cubana partió con él para Menorca donde transcurrió su niñez, realizó sus estudios básicos y adquirió, imnerso en la sonmolencia de aquel medio social, las primeras y decisivas experiencias sobre el hombre y los hombres, sus frenos, prejuicios y bondades.

Cuando vuelve a Cuba e ingresa en la Universidad de La Habana (1895), se fortalece el sentimiento patrio que, alentado por su progenitora, había echado raíces en su sensibilidad. Estudió Derecho hasta 1898. Tres años duros de guerra sin cuartel, difíciles para quien llegaba con inesperada posición de espectador. Quizás estas circunstancias movieron su juvenil inteligencia hacia la necesidad, a la sazón borrosa, cierto es, de entender aquella sociedad desgarrada, sobre cuyo suelo se alzaba de pronto (1899-1902), en medio de sombrías interrogaciones y polémicas acentos, la bandera de las barras y las estrellas. De un tajo quedaba cortado el hilo de la historia. Ortiz, a su vez, como otros, debió de sentirse igualmente cercenado.

Su padre, comerciante español, poco o nada dado a cosas de letras y de política, lo envió (1900) a Barcelona, en cuya casa de estudios terminó la carrera, graduándose de Bachiller en Derecho. En la Universidad de Madrid obtuvo (1901) el diploma de Doctor en Derecho. No eran menos complejos aquellos momentos de la ex metrópoli. Podría hablarse de una crisis paralela, en Cuba y en la ex metrópoli, por causas diversas aunque coincidentes en la revelación de recios "arcaísmos" y de cambios perentoriamente necesarios. A causa de la derrota sufrida en el año 1898, precisamente en Cuba, se acentuaba la lucha entre la España conservadora, e impotente, y otra España en cuya génesis entrechocaban el socialismo, el anarquismo y los intentos modernizantes del krausismo, el neokantismo y el positivismo. Súbitamente, Ortiz comenzaba a sentir la influencia de muy diversas orientaciones teóricas y metodológicas que, no obstante el escepticismo nacional español, atacaban con brío renovador las ideas y las prácticas del tradicionalismo frustráneo. Ya lo ha dicho en palabras apretadas y ricas Tuñón de Lara al analizar la Institución Libre de Enseñanza, fundada en 1876. Conoció entonces nuestro autor, entre esos innovadores, al profesor Manuel Sales y Ferré, uno de los primeros que en España se interesó por definir la sociología en aquellos años renacida — creada más bien — por un naturalismo cientificista que reforzaba el antihistoricismo subyacente en la obra de Augusto Comte. De aquel maestro español, al cual dedicaría páginas y recuerdos de gratitud, aprendió, más que conceptos, una virtud cardinal: el entusiasmo por conocere la vida social de individuos o de grupos, en su dimensión de comportamiento real. Ya la llamada escuela positivista de Derecho Penal, encabezada por César Lombroso y Enrique Ferri, había prestigiado como tema de investigación la conducta de los criminales; y entre los que la siguen, ganados por su originalidad y fuerza, se halla Ortiz.

De nuevo en la tierra natal, revalida su título en la Universidad de La Habana y, tras de no pocas gestiones, obtiene un cargo en el servicio consular de la República que le llevó a Génova, donde escuchó las clases del profesor Alfonso Asturaro, de confesada cercanía científica al marxismo y, por ende, antipositivista aunque no totalmente. Por otro lado, establece vínculos de amistad perdurables con Lombroso y Ferri, los grandes maestros de la criminología. Al llegar a Italia, un primer libro estaba prácticamente planeado y documentado. Tras de su segunda y definitiva vuelta a La Habana, completó el texto con elementos teóricos y metodológicos más precisos (Los negros brujos, editado en Madrid, 1906).

Ortiz se unía a ese movimiento muy vario y de profunda huella que algunos califican justamente como segunda ola del positivismo en América Latina. Los hombres que en ella se destacan van más allá de una simple profesión de fe científica o de esbozos temáticos, pues abordan los problemas en su ámbito especifico, los analizan y describen a veces minuciosamente, y los presentan como parte de un gran programa implícito de conocimiento y reforma de la sociedad propia. Como es sabido, aquella "modernización" del pensamiento latinoamericano tuvo sus dos ineludibles vertientes — conservadora y progresista —, si bien en Cuba, por hallarse desde la cuna arrullada por el rudo batallar independentista, predominó el positivismo de perspectivas radicales.

Bastaría decir que hubo una visible unidad entre los más notorios representantes de esa orientación en el continente. Ortiz, por ejemplo, está indudablemente asociado a José Ingenieros, promovedor de un impulso indetenible por comprender lo universal del hombre y lo particular de su pueblo, como gente que aspira a continuar y superar la definición del ser nacional por una sociología nacional acompañada de incidencias literarias, tanto o más francas y significativas de esa apremiante aspiración. Unidos por parejo interés en precisar la génesis de los problemas y el comportamiento social, y, concretamente, por el tema de la criminalidad, les distanciaba, sin embargo, el rasgo naturalista y la afición filosofante del eminente argentino en contraste con la dirección humanística y el casi total silencio de Ortiz sobre cuestiones teóricas. Entre los más conspicuos positivistas del continente hay una tendencia pluridisciplinaria que los aproxima y hermana. Así fue en Ortiz e Ingenieros.

No olvidemos que en otros campos de la actividad científico-cultural hubo, formando parte de la generación de Ortiz en el ámbito más significativo de la América Latina, hombres de emeritada fama, escritores e indagadores, como Alfonso Reyes, Pedro Henríquez Ureña, Ricardo Rojas, Luis López de Mesa, Rufino Blanco Fombona, Joaquín García Monge, de común criticismo y aspiración definidora de lo propio, algunos de los cuales, aun cuando no puedan considerarse estrictamente positivistas, coinciden en su tono y modo con la "teoría" y el método y el programa predominantes en el primer cuarto del siglo.

A partir de 1906 las actividades oficiales y académicas de Ortiz se multiplican: abogado fiscal en la Audiencia de La Habana (1906-1908); profesor por oposición en la Escuela de Derecho Público de la Universidad de La Habana (1908-1917), donde sirvió todas las cátedras directamente relacionadas con el vasto campo de las ciencias sociales; inicia su participación en el Partido Liberal (1915) y un poco más tarde es electo representante a la Cámara (1917).

Los años aquellos constituyen — después de 1898-1902 — otra gran encrucijada nacional hasta 1925, fecha en que las condiciones se agravaron, como veremos. Traspuesto el año 1922, abandona progresivamente la política al uso, declarando en la prensa que no asistirá a la Cámara de Representantes. Con el andar de los años, explicaría que la calidad moral y, no hay que decirlo, la cultural, de los miembros de ese cuerpo legislador era indeseable e impedidora de toda acción progresista. Representaban realmente, la creciente indignidad de la República.

Se mantiene algunos años más en las filas de aquel partido, pero sus ideas derivan hacia campos de apertura ideológica auténticamente liberal. Las ilusiones reformadoras iban aigotándosele. Mantenerlas supondría conformarse a la supervivencia del viejo colonialismo, ahora consolidado con la anuencia de la intervención imperialista. La podre gobernante, por disfrutar de cargos o poseer resortes indirectos de decisión, se extendía, fortaleciéndose, en un país donde públicamente se comentaba que la palabra final de cada paso la decía el embajador de Estados Unidos.

Hablan transcurrido dos décadas desde la proclamación de la República, momento de un primer entusiasmo por salvar algo de la independencia nacional, sajada por la Enmienda Platt. Finalizaba una de las etapas que, como colosales sístoles y diástoles manifestadas a raíz de graves crisis generales del mundo, caracterizarían la historia del país hasta 1959; siempre acompañadas de una ulterior acentuación de las condiciones negadoras del desarrollo. La independencia formal sobrevivía después de la "Guerrita de Agosto" (1906) y del gobierno interventor de Charles Magoon (1906-1909), dedicado a proliferar en una extraña labor educativa los peores fraudes y excesos.

Frente a la promoción de los vicios públicos y privados, ante el deliberado abandono dé las posiciones patrióticas del siglo XIX, el pueblo cubano, con sutil agudeza plena de ¡aplicaciones, decía que aquella no era la república "como la soñó Martí". Pero la obra del genial guía de Cuba no se conocía sino de modo fragmentario, se encontraba en el pensamiento popular, en la pluma de hombres humildes o de escaso poder que, a veces, ni disponían de facilidades para publicar; era transmisión anónima de sus esencias, mas no se hallaba en la mesa de trabajo de la élite reformadora y crítica.

La inmediata realidad y la carencia ideológica guiadora forman la base de sustentación de una cierta vuelta al pasado que ponía en primer plano, de la acción a la "virtud doméstica", la cultura, la educación, la ciencia, la perspicacia, la habilidad manifestadas por los grandes reforinistas desde fines del siglo XVIII hasta mediados del siglo XIX. Se volvía la mirada hacia ese pasado, saltando por encima del período revolucionario (1868-1898) que aparentemente había conducido a un callejón sin salida. No obstante, el giro aquel no pretendía con añoranza retrógrada un retorno, sino que buscaba inspiración para el progreso. Era un impulso liberal de proyección afirmativa del cambio en el presente y el porvenir.

Puntualizaba Regino Pedroso, refiriéndose a la juventud de Martínez Víllena, que los años 1918-1920 se definían por una "temperatura ideológica intelectual" concentrada en el pasado, a lo cual añadiríamos con Marinello que cuando el poeta arribó a la madurez marxista llevaba consigo un conocimiento y amor inexcusables de la historia revolucionaria de la patria. El ayer ejemplar, sólo caricatura o comedia en boca de los neocolonialistas, se trocaba en continuidad de acción épica.

Si deseásemos resumir cómo Ortiz traduce a su presente el caudal útil de los guías que rebusca en el pasado centenario, nada mejor que su consigna: "Fe viva en la cultura, energía incansable en la acción y disciplina cívica en la conducta", lanzada en su contradictorio, por angustiado, discurso "Seamos hoy como fueron ayer" (1914). Sin duda, el hecho subrayado por González Casanova, que entre el pasado y el presente de nuestros países hay una visible conformidad de situaciones y temáticas similares (supeditación del país, proceso de formación nacional, sociedad multi-étnica, caudillismo, pervivencia del "arcaísmo" ideológico colonial, etc.), forma parte de esta retrospección cubana, que era, ciertamente, una búsqueda del futuro.

Convendría observar de qué modo se inserta Ortiz en el marco político e intelectual de aquellos años. Puede ser oportuno correlacionar su vida con la sucesión de las generaciones desde 1850. Vaya por delante una afirmación: lo que cada una aporta no proviene del hecho, importante sin duda, de su diferencia de,edad con las demás, sino del cambio que por acarreo de experiencia social tiene lugar con el transcurso del tiempo. Lo inmanente no es la generación sino la promoción, las condiciones de su existir y la herencia siempre diferentes, en mayor o menor grado.

A principios del siglo XX, no pocos de los cubanos de la generación de 1850-1870 abrigaron ilusiones de reforma. Mencionemos a Enrique José Varona, una de las preclaras personalidades positivistas de América Latina; a Manuel Sanguily, crítico literario e historiográfico de subida calidad; a Manuel Márquez Sterling, diplomático y, sobre todo, periodista eminente. Habían secundado los movimientos independentistas y, sin embargo, aferrados a las tesis de reforma participaban en la política oficial, tentados por el posibilismo, con la ilusión generosa de que podrían cambiar "desde adentro" las profundas deformaciones y contradicciones del nacimiento de la república.

De la generación de Ortiz (1870-1890) señalemos a Carlos Loveira, narrador crítico de las costumbres y prácticas políticas e individuales, cuyo escepticismo final revela una de las consecuencias ideológicas negativas de la crisis republicana; José Antonio Ramos, ensayista y dramaturgo, de inconfornúsmo constante que lo conduce hacia posiciones marxistas diáfanas; Miguel de Carrión, el más notable novelista de la primera mitad del siglo, volcado también hacia el análisis, naturalista en el caso, de las supervivencias coloniales; Ramiro Guerra, fecundo y sapiente historiador, y educador de indudable valía cuya influencia personal no alcanzó por razón de cargos y obligaciones institucionales la medida que le era reservada a su singular talento; Medardo Vitier, dado a la búsqueda filosófica, sembrador desde su cátedra de provincia de altos intereses culturales; José Manuel Poveda, poeta-modernista con finas aristas de protesta cívica. Todos eran temperamentos críticos, congruentes con su época hasta en el hecho de que no logran, salvo Ramos, liberarse totalmente de las ideas de reforma. Con ellos, en el enjuiciamiento severo de la realidad, hombres de más edad, como Enrique Collazo, veterano de las dos guerras de independencia, enfrentado directamente a la dominación norteamericana, como político e historiador, y Julio César Gandarilla, más joven y enfático, que desde 1913 propone en libro perdurable la nacionalización de las propiedades extranjeras, en prosecución de las ideas magnas de Martí, a quien invoca.

Tras de esas generaciones cuyas mentes más vigorosas se afilian al reformismo liberal, vienen los jóvenes (de 1890-1910) sin compromiso o freno, ni añoranza alguna del pasado. Crecen en medio de aquella república deshonrada y aprenden de su crítica y de su realidad una manera diferente de acción. Es el grupo en que se destacan hombres de la categoría de Rubén Martinez Vinena, poeta de genio que, unido a su fraterno amigo Julio Antonio Mella, dirigente estudiantil, fundador del Partido Comunista de Cuba, constituye la expresión humana más neta de las nuevas condiciones, posteriores a 1920; de Emilío Roig de Leuchsenring, que encabezaría la obra de revisión historiográfica de los mitos relativos a la ayuda norteamericana desinteresada, siguiendo la huella de Enrique Collazo; Eduardo Abela, uno de los vigorosos renovadores de la plástica; Regino Pedroso, poeta que abre surcos de hoy, poniendo en verso magnífico la voz proletaria, allá por 1933; y Juan Marinello, cuya vida, continúa hoy como patrimonio indeclinable de la patria. Arquetipos de la ruptura necesaria, con el pasado y el presente se vinculan por la vía del proyecto transformador, sin referencias refornústas persistentes.

Tal es el cuadro de las generaciones al trasponerse la segunda década del siglo. Tres revistas reflejaron en aquellas circunstancias los intereses sociales, políticos e ideológicos de diversos grupos que, dentro de la orientación de reforma colectiva, se habían constituido: Cuba Contemporánea, con elementos conservadores de más peso; Revista Bimestre Cubana, de divulgación y archivo de materiales diversos como compilación fáctica, dirigida por Ortiz desde su reaparición en 1910, y La Reforma Social, de contenido más bien internacional, con cierta propensión a temas de política exterior y sociales controvertidos y un aire de extranjería entonces elegante.

La huella de la Revolución Soviética, el surgimiento de las primeras organizaciones obreras, la escalada de agresiones norteamericanas en el Caribe y las condiciones de la posguerra, entre las cuales debe destacarse una depresión económica que golpea a Cuba de modo dramático, contribuyen a cambios ideológicos sustanciales. El país salió aun más empobrecido de aquella coyuntura, sometido en mayor medida a los grandes intereses extranjeros, lo que quiere decir con una economía y una estructura política casi totalmente desnacionalizadas y con la consciente esperanza de un nuevo camino. En verdad, la patria no se repondría de la condición crítica de sus estructuras esenciales y, por consiguiente, se acentuaría la regresión cultural De tal contexto, surgiría la definición radical de la generación más joven. Su expresión intelectual fue la Revista de Avance (1927-1930) y cierta participación en la revista Social, frívola y con elementos de trascendencia, en su intención difusora del panorama de la cultura europea, q!le continuaría Carpentier con trasfondo social elocuente en la revista Carteles.

Llegada esta nueva correlación entre los fenómenos sociales, vale repetir que Ortiz evoluciona hacia posiciones críticas de mayor hondura. Desde su discurso "Seamos hoy como fueron ayer" (1914), anclado, como hemos dicho, en la búsqueda inspiradora del más alejado momento nacional (1790-1830), simbolizado por la sociedad Económica de Amigos del País hasta su agudo esquema titulado "La crisis política cubana" (1919), anábsis actual y de proyección progresista sin mirada a la historia, hay todo un camino recorrido, al compás de la formación de una conciencia generalizada sobre el deterioro de la nación y la República. Hay un aliento de radicalismo que adquiere caracteres más precisos en su conferencia "La decadencia cubana" (1924). No es ocioso sino necesario, y de promisorio resultado si se investigase, decir que esta última formulación de sus ideas cubanas coincide con parejo trabalo de otros contemporáneos y sirve de pórtico a la batalla contra la decadencia que libró la Revista de Avance. Por otra parte, venía gastándose la acción cívica del Grupo Minorista, del cual participarían como vanguardia los fundadores de esa revista y el propio ortiz. La división del grupo y la consiguiente separación de algunos de sus componentes oportunistas subrayó cómo la polarización creciente de las fuerzas sociales en juego trascendía a la esfera intelectual supuestamente intocada por las realidades del país. Vale advertir que esta nueva fase de la vida y el saber de Ortiz no es úmea. Otros, como Varona, por citar solamente el caso más notorio, transitaron Por igual a posiciones de futuro más deflmdas.

Sin embargo, Ortiz, al par que deriva hacia una vinculación estrecha con la izquierda intelectual en formación, no abandonó su programa de actu~ción de la cultura y fundó la Institución Hispano-Cubana de Cultura (1926), por cuya tribuna desfilaron muy destacados,escritores y científicos españoles — los hijos dispersos de la Institución Libre de Enseñanza — y latinoamericanos, los de esa segunda ola de positivismo. Lo que, bien mirado, significa la presencia indiscutible de una calidad política superior, Porque aún sin compromiso de partido o de escuela, oye él con más claridad la llamada del mañana y reafirma su confianza en la fuerza impulsivo de la educación y la cultura.

Momento de precisiones. Como se ha dicho, no solamente Fernando Ortiz realizó un giro para dar las espaldas a la acción dentro de los partidos tradicionales. También observaremos este alineamiento nuevo en Enrique José Varona, en Juan José Maza y Artola, profesor de griego en la Universidad de La Habana, cuya actitud deriva hacia la abstención condenadora, mientras el anciano general Eusebio Hernández, nacido el mismo año que Martí. se proclama "bolchevique" en memorable asamblea estudiantil. Con ellos, otros más y los jóvenes que ya convenzan a agitarse y laborar en dirección de un radicalismo diáfano que se expresará muy pocos años después (entre 1923 y 1930) como adhesión al marxismo.

El Presidente electo en 1925, Gerardo Machado y Morales, había ofrecido "regenerar" el país, anunciaba las reformas que objetivamente ya eran superadas por el movimiento popular y los intelectuales más escuchados y sensibles. La propaganda política, incluso, jugó con frases grandilocuentes contra la Enmienda Platt. Apenas instalado en el poder, ese gobierno negaba todas las promesas y burlaba las esperanzas. Una razón más para que el proceso de decantación de las personalidades, reformistas y de integración de las diversas generaciones en la batalla por el futuro se profundizara partiendo de la coincidencia y la alianza de lo mejor de la cultura cubana de aquellos días.

Ortiz fue de los que se exiliaron. En 1931 partía a Estados Unidos, donde realizó ima vez más su doble gestión: publicó artículos sobre la situación cubana; especificó la responsabilidad del intervencionismo norteamericano en la génesis y acentuación de los males del país; ganó amistades significativas entre intelectuales de avanzada como Carleton Beals, Lawrence Duggan, Leland Jenks y otros influidos por el refornúsmo rooseveltiano; dedicó asimismo muchas energías a proseguir el trabajo personal sobre Cristóbal Colón y su tiempo, sobre la historia de la patria, sobre el África, actualizando su saber. Momento decisivo en que se gesta la obra que la Biblioteca Ayacucho muy justamente reedita.

Vuelve a Cuba en 1933 al caer la dictadura machadista. Retorno que sobrepasa lo anecdótico, para ganar en vigor al contacto renovado con los problemas primarios de la patria. Reanima la Institución Hispano-Cubana de Cultura, que da mayor participación a los jóvenes, rehace la Revista Bimestre Cubana, con cierto énfasis en los temas contemporáneos. El punto focal de su emperlo científico-político seguía siendo la formación étnico-cultural del país, la realidad y el fruto de lo afrocubano, v<>cablo que apareció por primera vez en su libro de 1906. Funda en 1937 la Sociedad de Estudios Afrocubanos, que continúa de un modo más preciso en la huella de los Archivos del Folklore Cubano creados en 1924. En su vigorosa madurez la obra de Ortiz se perfila como un arma ideológica muy importante contra la discriminación racial y por la consolidación de la sociedad mestiza nacional. Como es obvio, este mensaje no lo escuchan los aprovechadores de la sociedad secularmente aprisionada y escindido.

Pero la identidad étnica y cultural que aparece como resultado de nuevas condiciones sociales y, en buena medida, se expresa conscientemente en la obra del sabio, exigía un marco general de comprensión del pasado y el presente del gentío cubano; necesitaba, en suma, una explicación documentada del medio histórico en que nutría sus raíces. Como prenda de auténtica cubanía, Ortiz dio a las prensas esa obra, inexcusable entonces, que es el Contrapunteo.


Parte I — Parte II



Tomado de: JULIO LE RIVEREND, "Ortiz y sus Contrapunteos", in FERNANDO ORTIZ, Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar, La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 1991, pp. V-XXXVIII (or: Prólogo a la edición de la Biblioteca Ayacucho, Caracas, 1978)


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