Cuba

Una identità in movimento

Carlos Pío Uhrbach, poeta y mambí

Sandra González



No hacía aún tres meses de la muerte de Julián del Casal cuando curiosamente el 24 de diciembre apareció, por prímera vez en las páginas de la revista literaria La Habana Elegante, un soneto titulado "Atavismo" del poeta matancero Carlos Pío Uhrbach, con la aclaración de que pertenecía al libro en preparación Gemelas.

Carlos Pío y Federico UhrbachEl apellidó Uhrbach no era del todo desconocido para los cultos lectores de la revista habanera. En mayo de ese mismo año de 1893 había sido publicado un poema de Federico, hermano de Carlos Pío, acompañado de un saludo de la redacción que daba la bienvenida a un nuevo poeta. Otros cinco poemas, también de Federico, ya eran conocidos cuando apareció el primero de Carlos Pío y, si bien se advertía en ambos una serie de características que los situaban dentro de las fhas del modernismo, en Carlos estos factores aparecían más claramente dibujados que en las melancónicas producciones de su hermano, deudor todavía, en muchos aspectos, de lo mejor del movimiento romántico.

Surgían así dos nuevos continuadores de la renovación poética iniciada por José Martí y que había hallado en Julián del Casal su más acabado cultivador en Cuba. Pero, dedicado a la publicación de su obra Bustos y Rimas, con la que se reanudó la Biblioteca de La Habana Elegante, murió el poeta el 23 de octubre de 1893, sin percatarse de que dejaba, en medio de aquella sociedad que él juzgaba hostil a su poesía, dos admiradores que se sumaban sin reservas a las filas de los más fervientes continuadores de su línea poética.

Bonifacio Byrne, el conocido poeta matancero y asiduo colaborador de La Habana Elegante, consejero y guía de los jóvenes Uhrbach en sus ínicios literarios, pronto anunció la terminación de Gemelas, donde se combinaban poemas de los dos hermanos.

Y una clara mañana del mes de junio llegaban a La Habana, cargados de ilusiones y con su libro manuscrito bajo el brazo, los dos hermanos. Francisco García Cisneros, uno de los más devotos amigos de los matanceros, bajo el seudónimo de Raoul François, y desde las páginas de El Hogar, dejó constancia del hecho en el número del día 17:

    Hace una semana tuvimos entre nosotros a los refinados y embriagantes poetas matanceros Carlos Pío y Federico Uhrbach, que han traído a la imprenta La Moderna, el original de su primer libro: Gemelas, segundo tomo de la Biblioteca de La Habana Elenante [...].

El libro, que constaba de dos partes: "Camafeos" de Carlos Pío y "Flores de Hielo" de Federico, iba precedido de un "Bajo-relieve" a modo de prólogo, firmado por el Conde Kostia, seudónimo de Aniceto Valdivia, gran amigo de Casal.

En este prólogo, Valdivia, tan cercano a la literatura francesa, propugnador según muchos de su influencia en Casal, se debate contra lo que él juzga nebulosidad de parnasianos y simbolistas en nuestras tierras americanas. Con severidad, Valdivia acertaba de los peligros de una poesía insustancial, alejada de las realidades de su entorno. Para él:

    Los poetas más sujestivos son y serán siempre — suceda lo que suceda y venga lo que venga — los que expresan sus propias ideas y sus propias sensaciones, es decir: el fondo de la naturaleza humana, bella y verídicamente, en toda la belleza sustancial que pueda desprenderse del idioma al servicio de un pensamiento.

Sin embargo, en los autores de Gemelas veía Valdivia valores que, a pesar de la juventud, podían conducirlos por entre los escollos de una escuela hacia la verdadera y sustancial expresión poética.

En La Habana de aquel entonces, sumida más que cualquier otra ciudad cubana, por su condición de capital, en las contradicciones entre colonia y metrópoli, la intelectualidad criolla pugnaba por establecer una barrera divisoria entre ella y quienes se beneficiaban con la política española de corrupción y oprobio. Enriquecerse a toda costa era la divisa de muchos. Para otros la cultura constituía la más alta de las aristocracias. No se hacía imprescindible hablar de libertad aun cuando el tema de la independencia se encubriera a menudo; la necesidad de una nueva guerra era ya evidente. Mientras tanto los cubanos demostraban con su arte y su literatura que constituían ya una nación. Por eso la entrega de Gemelas, junto al ejemplar de La Habana Elegante del 7 de octubre de 1894, fue seguido de un sinnúmero de comentarios y opiniones.

Los dos noveles poetas no eran ajenos a la situación cubana. A pesar de que en su libro no aparece ningún poema que pudiéramos llamar patriótico, una atmósfera de desaliento se manifiesta en muchos de ellos. El exergo de Casal, elegido para presidirlos, es ya significativo:

    0 librando mi alma de mi cuerpo
    has que suba a perderse en lo infinito
    cual fragante vapor de un lago infecto.

Pero mientras Casal no pudo ni siquiera vislumbrar dónde se encontraba la solución a los problemas de la sociedad caduca frente a la cual se sentía impotente, en Carlos Pío hay una fuerza vital que puede más que la pedrería modernista. Esa postura de vida lo llevará a elecciones conscientes, a ser parte activa de la lucha desatada por un afán colectivo concreto, al rechazo a una situación de coloniaje que subyace en su obra a niveles poéticos.

Carlos Pío nació el 18 de marzo de 1872 en Matanzas. Sus padres fueron Pilar Campuzano y Federico Uhrbach, ambos naturales de esta misma ciudad. Su abuelo paterno, Carlos Uhrbach, había nacido en Bremen, ciudad libre de la Confederación Germánica. Descontento con la situación política de su país, emigró a Matanzas y contrajo matrimonio con Josefa Lamar, oriunda del lugar. Federico Uhrbach y Lamar, padre de Carlos Pío, nació el 6 de agosto de 1847 y para la fecha de su matrimonio era ya dueño de la firma Uhrbach y Cía., radicada en Gelabert No. 9. Pilar Campuzano, madre de Carlos Pío, era mujer de fina sensibilidad. Su padre, Pío Campuzano Linares (1814-1873), había sido profesor del colegio La Empresa y había creado en 1851, una escuela para niñas llamada Santa Teresa. Su esposa, Encarnación Lamadrid, era también matancera y estaba emparentada con el poeta José María Heredia. Otro de sus hijos, Pío Campuzano, fue periodista y llegó a poseer una imprenta en la propia calle Gelabert No. 6.

La infancia del poeta transcurrió plácidamente, siempre acompañado de su hermano Federico, un año menor. No cabe duda de que el ambiente que le rodeaba permitía el, libre desarrollo de su personalidad y aptitudes.

Sus primeros estudios los realizó en Matanzas con breves incursiones a los Estados Unidos, según testimonios de su hermano. En la formación de Carlos Pío parece haber tenido gran importancia su maestro Nicanor A. González, poeta y patriota enamorado de su tierra, con quien sostuvo una larga amistad que se prolongó hasta los últimos años de s vida, según demuestran cartas que han llegado hasta nuestra época. En 1888 obtuvo el título de Bachiller en Artes en el Instituto de Segunda Enseñanza de su ciudad natal, lo que nos muestra sus tempranas inclinaciones a los estudios humanísticos. Como muchos cubanos de aquel entonces Carlos Pío, en unión de su hermano, fue enviado a cursar estudios superiores a Estados Unidos.

Era costumbre por aquellos años que los jóvenes estuvieran algún tiempo realizando estudios en el extranjero, siempre que sus familiares contaran con recursos para ello. A Estados Unidos iban aquellos que no simpatizaban con los métodos escolásticos que imperaban aún en la educación española. Los Estados Unidos, con su imagen de gran nación floresciente, resultaba mucho más atrayente que la vieja España, metrópoli en vías de extinción.

Para Carlos Pío y su hermano los Estados Unidos ofrecieron un gran contraste con la situación colonial cubana. Tenían que escapar, a su mentalidad juvenil, las contradicciones de la sociedad norteamericana y el peligro que esa nación, representaba para Cuba, como señalara Martí con su gran visión revolucionaria. No sabemos a ciencia cierta cuánto duró la estancia de Carlos Pío en el extranjero, aunque por su correspondencia podemos comprobar que fue lo suficienteniente larga como para permitirle aprender el idioma, Es posible que la muerte de su padre, ocurrida en 1892, le hiciera regresar, pues ya en esa fecha existen referencias en la prensa que señalan su residencia en Matanzas.

Ese año la ciudad conmemoró de manera especial el descubrimiento de América, porque se trataba del Cuarto Centenario de aquel histórico acontecimiento. Entre las actividades con que se festejó la fecha figuraba un certamen poético. En él, obtuvo Carlos Pío el primer premio con un soneto a Colón.

Pero Matanzas bullía también bajo otras preocupaciones. En 1886, con motivo del 27 de noviembre, Manuel Sanguily había pronunciado un discurso tan subversivo ante los miembros del Círculo de la Juventud Liberal, que las autoridades españolas habían puesto fin a las actividades de la institución. No por ello se extinguió la rebeldía. Entre las organizaciones partidarias de la independencia se destacaba la logia masánica Los Caballeros de la Noche que, a pesar de sus limitaciones ideológicas, conspiraba por la libertad y recaudaba fondos para la nueva guerra organizada por Martí desde el exterior. Uno de sus más activos conjurados era Pío Campuzano (m. 1911). Su sobrino Carlos, no era ajeno a los ideales independentistas. Por eso, al responder a un cuestionario de la revista habanera El Hogar, sobre sus gustos e ideas personales, afirma que le entusiasma el ópalo, el incienso, los crisantemos, en fin, tocar lo exótico. Pero a la pregunta de cuál es la pasión más sublime que es capaz de experimentar el hombre, su respuesta es categórica: el patriotismo. En Matanzas colaboró Carlos Pío en la revista Arte y Letras que comenzó a editar Manuel de los Santos Carballo, poeta admirado por la generación de modernistas posterior a Casal, en noviembre de 1893. Fueron colaboradores de la revista, entre otros, Federico Uhrbach y Nícanor A. González, hermano y maestro respectivamente de Carlos Pío, así como Bonifacio Byrne, Nicolás Heredia, Alvaro de la Iglesia.

Gemelas encontró inusitada repercusión en el continente americano. Arturo Ambrogui, salvadoreño, llamado "el Benjamín del modernismo", Darío Herrera, destacado prosista panameño, Abraham Z. López Penha, poeta y prosista colombiano, director de la revista Azul editada en Barranquilla y Clemente Palma, modernista peruano que se distinguió como cuentista, hijo del conocido autor de Tradíciones peruanas, escribieron favorables críticas sobre el libro de los dos cubanos. Para esta época las páginas de muchas publicaciones como El Album de las Damas, de Matanzas y El Fígaro, Luz y Sombra, Gris y Azul, además de las ya mencionadas, publicaban en La Habana las composiciones de Carlos Pío que era ya conocido en el mundo literario y sostenía una animada correspondencia con figuras de reconocido prestigio dentro y fuera del país.

Uno de los sonetos más plásticos y coloreados de Gemelas, "Exótico", lo dedicó Carlos Pío a Juana Borrero. En la casona del barrio de Puentes Grandes, donde bajo la severa vigilancia de su padre Esteban, se desarrollaba la vida de la adolescente poetisa y pintora, estaba aún presente el recuerdo de Julián del Casal, quien había esbozado de manera magistral la figura de Juana en uno de sus "Bustos". Los Uhrbach admiraban a Juana por su talento y relación con Casal, y a su padre, poeta también y veterano de la Guerra de los Diez Años.

El 10 de marzo de 1895 asistió Carlos Pío, en unión de Francois G. Cisneros, a una de las tertulias que se celebraban en casa de Borrero, a quien anteriormente le había sido remitido un ejemplar de Gemelas. De inmediato surgió entre Carlos y Juana un amor que pervive en nuestros días en las páginas del Epístolario, publicado hace ya algunos años por los distinguidos investigadores Cintio Vitier y Fina García Marruz. Aquellas relaciones, iniciadas en el mes de mayo, impulsaron a Carlos Pío a abandonar su cargo de redactor del Díario de Matanzas para establecerse en La Habana.

El año de 1895 fue de trabajo febril para Carlos Pío. En unión de su hermano, quien mantenía también relaciones amorosas con otra de las hijas de Borrero, Helena, se da a la tarea de colaborar en la prensa habanera, publica algunos artículos de crítica literaria y cuentos de sabor modernista. En La Habana Elegante del 20 de octubre de 1895, dedicado a la memoria de Casal, escribe:

    Como no conocimos personalmente a Casal, la idea de su muerte no arraiga en nuestro cerebro. Para nosotros Casal ha sido más, mucho más que el Maestro.

Esta afirmación hecha por tierra el supuesto papel de guía directo que muchos le han atribuido a Casal, aunque pone de relieve la trascendencia de la influencia de su obra a pesar de su desaparición física.

Los jóvenes poetas preparaban también dos libros: uno en prosa titulado Los Precursores y otro en verso, Exótica, en el cual se proponían recoger poemas de ambos.

Por esta época Carlos Pío matricula la carrera de Derecho en la Universidad de La Habana y se reúne a menudo con, "los muchachos de la Acera del Louvre", hijos de familias acomodadas que hacían tertulia en los bajos del Hotel Inglaterra, donde radicaba el conocido restaurante El Louvre. "Los muchachos" gustaban de los deportes, los duelos y las bromas, pero su rasgo más sobresaliente era el de ser, todos, contrarios al régimen colonial. Muchos de ellos dejaron pruebas de sus convicciones en los campos de batalla.

En el Epístolario de Juana a Carlos Pío encontramos múltiples referencias y alusiones al tema de la guerra que se había iniciado el 24 de febrero de ese año. Con amoroso egoísmo Juana trata de refrenar las inclinaciones patrióticas de Carlos Pío. lnnersa en la grandeza de su amor, Juana se debate contra los obstáculos de todo tipo que le impedían realizar sus naturales deseos de estar cerca de su novio. A ello se oponía la autoridad del padre, pero el resto de su familia, principalmente sus hermanas, la respaldaban con simpática complicidad. La patria era mucho más difícil de evadir. Para Carlos Pío la dolorosa disyuntiva estaba enmarcada por la necesidad de incorporarse a la lucha y los ruegos de una muchacha extraordinaria que había llegado a escribirle con la pluma mojada en su propia sangre. Pero rehuir el deber resultaba también doloroso. El 27 de diciembre del propio año escribía a Juana:

    [... ] y esta mañana partió Mario, dándonos con sus dieciséis años, su niñez y su decisión, una lección de dignidad, de deber y de honor. No sé dónde ocultar mi vergüenza, mi sonrojo, mi vileza. Tengo el desprecio de mi mismo anudado como un reptil en mi alma que envilece. Ya no soy yo. El de antes. Las tradiciones de mi familia las desmiente mi actitud.

Pronto las circunstancias se hicieron aún más difíciles. A comienzos del mes de enero de 1896, Esteban Borrero recibe la información de que su nombre estaba en la lista de los revolucionarios y que su detención, por parte de las tropas españolas era inminente. Amenaza a su seguridad personal, y al ser él único sostén de su numerosa familia se ve ímposibilitado de separarse de ella y decide salir inmediatamente del país y establecerse con su esposa e hijos en Cayo Hueso. La distancia venía a sumarse ahora a la serie de obstáculos que separaban a Carlos Pío de Juana.

Ella quedó de pie en la cubierta del vapor Olivetti que la alejaba de las costas cubanas, tratando de retener en sus ojos, que no se cerrarían ni en la muerte, la triste figura de su novio. Él, en los dos sonetos titulados "En la partida", nos dejó un emocionado testimonio de aquel instante. De uno de ellos son los siguientes tercetos:

    Y entonces ¡del amor loca sublime! asiéndose al anhelo que redime
    con desbordamiento de alegría,
    forjóse una quimera misteriosa:
    que su alma se quedaba venturosa
    en las patrias riberas con la mía!

A los ruegos insistentes de Juana, que le pide que se reúna con ella, Carlos Pío no responde con precisión, por el contrario comienza a trabajar como empleado en una casa comercial. Federico parte pronto también a Cayo Hueso a reunirse con Helena. ¿Por qué Carlos Pío permanece en La Habana? ¿,Por qué no accede a las súplicas de su novia, de sus familiares que lo instan a emigrar? La distancia, con toda su emotiva carga de nostalgia, tiene que haber hecho mella en un temperamento como el suyo, poco habituado además a la soledad física. Ni sus actividades como poeta, ni el desempeño de sus funciones como cronista de El Fígaro, ni sus estudios, realizados no por vocación sino por razones prácticas, ni su eventual colocación, nos parecen razones dignas de ser tomadas en cuenta para comprender el alcance de esta negativa. Nos parece más acertado considerar que se encontraba ya vinculado, de forma directa, con aquellos que en La Habana apoyaban la lucha armada con algo más que deseos de victoria.

El 9 de marzo de 1896, Juana Borrero muere víctima de fiebre tifoidea sin haber realizado su deseo da reunirse de nuevo con Carlos Pío. Para él el golpe fue sorpresivo y abrumador. Días más tarde escribe a su hermano Federico:

    Nunca me consolaré de no haber estado allá con ella sus últimos días. Es un remordimiento que nada podrá atenuar. Yo pienso que me engañaron, que no me dijeron la verdad, mientras mi Juana... se moría... se moría lejos de mí y yo sin verla.

Pero tanto en esta carta, como en otras enviadas a su hermano en los momentos de dramático desconsuelo, Carlos Pío manifiesta su inquebrantable decisión de irse a la guerra. Tenía él, hacía mucho, la convicción moral de que la lucha se hacía imprescindible. Sin la forzosa limitación que las súplicas de Juana le imponían, Carlos Pío se apresta a cumplir con su deber de revolucionario.

En la última de las cartas que escribiera a su hermano desde La Habana, fechada el 21 de marzo, Carlos Pío afirma:

    Quisiera poderlos complacer, pero la suerte está echada y no retrocedo. Además necesito un ideal que exija consagración y riesgos, para sacudir este embotamiento que aniquila mi espíritu. Es probable que mañana a las seis salga. Por un capricho de la suerte creo que pasaré por el pueblecito donde fue mi dicha! Recogeré esa visión para llevarme el cuadro fresco en la mente.

Cinco días más tarde Carlos Pío se incorpora a las tropas mambisas que dirigía el general José María Aguirre y que operaban en la propia provincia de La Habana. Este hecho posee especial trascendencia y parece corroborar nuestra idea de su vinculación temprana a la causa cubana.

Es significativo que Carlos Pío no necesite, como la inmensa mayoría de los que se incorporaban a la lucha en Occidente, emigrar primero para entrar después en la contienda como expedicionario. La fuerte defensa española que se había organizado en La Habana marcaba la estrategia peculiar de la zona. Existían en la provincia numerosos caminos y vías férreas guardadas por fortines, lo cual hacía difícil el ataque de las tropas cubanas. Éstas estaban obligadas a permanecer diseminadas por los campos para burlar así la vigilancia española. El éxito de las operaciones se basaba en el gran conocimiento del terreno que tenían los cubanos y que les permitía la ofensiva rápida mediante una sorpresiva concentración de fuerzas. El objetivo de muchos ataques era la captura de armas y el aprovisionamiento de alimentos. La gran movilidad de los guerrilleros cubanos hacía prácticamente imposible un encuentro improvisado. Carlos Pío necesitó pues, un enlace que conociera muy bien la localización exacta de las tropas de Aguirre para poder incorporarse a ellas desde la capital misma. Ello implica que resultaba persona de sobrada confianza para los revolucionarios, probada ya de antemano. Además, para él nunca resultó dificultosa la entrada en el Ejército Libertador, por el contrario, lo consideró siempre una posibilidad inmediata. Y así resultó en realidad, ya que sólo mediaron días entre su decisión concreta y la consumación de los hechos.

Junto al general Aguirre, Jefe de la Segunda División del Quinto Cuerpo, encontró Carlos Pío al dibujante y fotógrafo Oscar Held, quien había sido como él constante colaborador de El Fígaro y La Habana Elegante. Mucho deben haber recordado los dos amigos sus días felices de artistas. El recuerdo de Juana, las penurias de la desigual batalla, los rigores de la campaña, los frecuentes combates, no apagaron en Carlos su entusiasmo creador.

Tristes son los poemas de esta época de su vida. La intensidad de su dolor puede constatarse en este soneto titulado "Crespón", salpicado de fúnebres premoniciones:

    La musa, ¡qué triste viene!
    su vestidura enlutada
    trae, la faz desencajada
    y el cabello blanco tiene
    Cáliz que acíbar contiene
    es su boca purpurada.
    La mano fina y helada
    entre mis manos detiene.
    ¿Por qué semeja una viuda?
    ¿Quién a que doliente acuda
    la manda loca a gemir?
    ¡Ay! un hado cruel la obliga
    que sollozando me diga
    que presto voy a morir!

Pero, por el momento se impone ¡a vida. El 3 de junio de 1896 participa Carlos Pío en el importante combate de La Jicarita y en julio pasa a las tropas de caballerías matanceras dirigidas por Lacret Morlot, quien había sido Ayudante de Campo del lugarteniente general Antonio Maceo. A la Brigada Cárdenas de la misma región pertenecía el pintor Armando Menocal, quien había sido profesor de pintura de Juana. En carta enviada a Federico, ya para entonces casado con Helena Borrero, Carlos Pío dice con evidente interés vital, desde el campamento La Paloma:

    [...] No he escrito nada literario. Trataré de hacerlo y mandaré borradores a Las Tres Américas, envíame la hoja con nuestros retratos y nota biográfica. Lo pido por mera curiosidad. Escribe a todos los amigos de la América del Sur y dáme cuenta de ellos. A Enrique lo quiero como siempre, fraternalmente. He pasado tres días con Armando Menocal y un joven Diago muy simpático. Ayer vi perfectamente a Matanzas, estuve a una legua de ella [...]

El 6 de octubre de ese mismo año es ascendido, por orden de Lacret, al grado de Teniente y poco después al de Comandante. Enviado también por Lacret, cruza disfrazado los puestos españoles, se embarca clandestinamente en una máquina exploradora por El Empalme y logra llegar a La Habana.

    No era sólo portador de comunicaciones para el Delegado de la Revolución en el exterior [Estrada Palma] ... sino que verbalmente debía instruirle de la situación dura y hasta peligrosa en que se hallaba [Matanzas] con numerosísimas fuerzas enemigas y casi sin municiones las nuestras para defenderse — puede leerse en un documento que ostenta al pie la firma de¡ propio Lacret.

En la capital se hospeda Carlos Pío en la casa de sus parientes Lamar, en la calle de Industria No. 114, donde permanece seis u ocho días. Mientras tanto, el joven patriota Clemente Arango, quien realizara durante toda la contiende innumerables actos de heroísmo, conseguía del cónsul norteamericano los documentos necesarios para el viaje a los Estados Unidos. En la goleta Noriega Oscar, que salía del puerto de La Habana rumbo a Passcagoula, estado de Mississippi, se embarca Carlos Pío disfrazado de marinero. A bordo lo esperaba el Capitán del barco con los documentos que justificaban allí su presencia. Aquella noche, en el trayecto en coche hacia el puerto, vio Carlos Pío por última vez las calles habaneras. A las seis de la mañana del día siguiente zarpó la goleta.

Carlos Pío permaneció en Estados Unidos hasta principios del año siguiente. En medio de sus actividades revolucionarias encuentra tiempo de visitar Tampa y frecuentar a su buen amigo Bonifacio Byrne, que había emigrado con su familia. Allí colaboró en la revista El Expedicionario, de la que éste fuera Jefe de Redacción, y publicó una interesante impresión en la que se pone de manifiesto su admiración por José Martí. En Cayo Hueso se reúne con sus familiares y con los Borrero. A la tumba de su novia, en el pequeño cementerio, iba enjugándose una lágrima y mirando hacia atrás para que no lo vieran, según narra en la Revista de Cayo Hueso su amigo A. Ramos Merio.

Cumplida satisfactoriamente su misión, Carlos Pío desoye los consejos de quienes lo instan para que no regrese a la guerra. Deja la vida de poeta en la emigración que se le brindaba, se separa de su madre atribulada y embarca como expedicionario el 23 de mayo a bordo del Dauntless. Ese mismo día, a las diez de la noche, estaba a la vista de los revolucionarios la farola del Morro, pero la marejada y el fuerte viento los hace retroceder, ya que se veían impedidos de desembarcar los pertrechos de guerra y los medicamentos. Por fin, bajo el mando del comandante Ricardo Delgado, desembarcan cerca de la playa de Bacuranao. El día siguiente, Carlos Pío se incorpora a las fuerzas del general Alejandro Rodríguez y Velasco. Poco después se une a las fuerzas del general Pedro Betancourt, por aquel entonces en marcha hacia Camagüey. Desde la manigua, Carlos Pío dice en carta a Federico:

    No dejes de seguir escribiendo. Yo desde Camagüey pienso enviar correspondencia a New York y recoger apuntes para un libro que escribiremos juntos, si escapo vivo de la campaña.

De estos meses se conservan varios salvoconductos que prueban que a Carlos se le asignaban misiones especiales entre las batallas que sin cesar se sucedían. En el Estado Mayor de Betancourt se encontraba como Primer Ayudante Fernando Diago, con quien Carlos Pío había iniciado una amistad el año anterior. Seguramente fue también aquí que trabó amistad con Rafael Aguila y Generoso Aguiar, quienes también operaban en las zonas matanceras.

La reconcentración ordenada por Weyler había hecho aún más duras las condiciones de la insurrección. Los sembrados destruidos, las casas y los pastos incendiados, hizo que el hambre y la miseria isolaran a las tropas cubanas. No tardó en desatarse una fuerte epidemia que diezmó tanto las tropas españolas como las cubanas. La provincia de Matanzas fue una de las más afectadas. Carlos Pío no pudo sobrevivir esta precaria situación.

Hasta nuestros días han llegado diversas versiones de su muerte. Una de ellas afirma que murió de extenuación y hambre el 24 de diciembre de 1897, incluso existe un documento del general Pedro Betancourt que asegura que su muerte ocurrió en esa fecha en las inmediaciones de La Batea, término municipal de Colón. En el curso de nuestra investigación Mercedes Borrero, hermana de Juana, tuvo la gentileza de poner en nuestras manos su certificado de defunción expedido por el Juzgado de esa localidad. En el mismo Fernando Diago, Rafael Aguila y Generoso Aguiar declaran ser testigos presenciales de su fallecimiento, ocurrido a consecuencias de fiebres palúdicas, a las ocho de la mañana del día 17 de diciembre, en las inmediaciones de Colón. Sin embargo, entre los papeles de Carlos Pío, hemos encontrado una carta de su puño y letra dirigida ese mismo día a Pedro Betancourt, sin que exista en ella referencia alguna a su estado de salud. En el libro de Segundo Corvison En la guerra y en la paz, publicado en 1939, aparece un relato de su muerte que asegura el autor, testigo presencial de la misma, ocurrió de noche después de largas jornadas de marcha y de inanición. Este testimonio refuta en varios aspectos la versión oficial. De cualquier modo su hermano, quien pudo oír todos los criterios de primera mano, cotejar las versiones y llegar a una conclusión precisa, tuvo siempre por fecha de su muerte el 24 de diciembre. Por ello creemos que, hasta tanto pruebas más concluyentes vengan a evidenciar lo contrario, esta fecha debe ser considerada como la más segura. Un recorte de prensa de la época y una carta de Bonifacio Byrne a Federico establecen que ya en este siglo su cadáver fue trasladado al panteón de la familia Uhrbach en Matanzas.

Varios años después de la muerte de Carlos Pío, en 1907, Federico recogió en un libro que tituló Oro, los poemas dispersos de Carlos Pío mezclados con los que él mismo escribiera después de la publicación de Gemelas, sin consignar cuáles eran los suyos y cuáles los de su hermano. Cumplía así un viejo proyecto que truncó la muerte.

Injustamente la imagen de Carlos Pío ha sido empequeñicida al lado de Juana Borrero, Julián del Casal y el propio Federico Uhrbach, pero su más hermosa obra, aquella que escribiera en su lucha por la libertad, ¿no es acaso lo suficientemente grande como para darnos la justa dimensión de su figura?


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Tomado de: SANDRA GONZÁLEZ, "Carlos Pío Uhrbach, poeta y mambí", en Santiago. Revista de la Universidad de Oriente, Santiago de Cuba, no. 44, diciembre de 1981, pp. 147-162


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