Cuba

Una identità in movimento


Del fenomeno social de la "transculturación" y de su importancia en Cuba / Do fenômeno social da "transculturação" e de sua importância em Cuba

Fernando Ortiz


Castellano

Con la venia del lector, especialmente si es dado a estudios sociológicos, nos permitimos usar por primera vez el vocablo transculturación, a sabiendas de que es un neologismo. Y nos atrevemos a proponerlo para que en la terminología sociológica pueda sustituir, en gran parte al menos, al vocablo aculturación, cuyo uso se está extendiendo actualmente.

Por aculturación se quiere signíficar el proceso de tránsito de una cultura a otra y sus repercusiones sociales de todo género. Pero transculturación es vocablo más apropiado.

Hemos escogido el vocablo transculturación para expresar los variadísimos fenómenos que se originan en Cuba por las complejísimas transmutaciones de culturas que aquí se verificano sin conocer las cuales es imposible entender la evolución del pueblo cubano, así en lo economico como en lo institucional, jurídico, ético, religioso, artístico, lingüistico, psicológico, sexual y en los demás aspectos de su vida.

La verdadera historia de Cuba es la historia de sus intrincadísimas transculturaciones. Primero la transculturación del indio paleolitico al neolítico y la desaparición de éste por no acomodarse al impacto de la nuova cultura castellana.

Después, la transculturación de una corriente incesante de inmigrantes blancos. Españoles, pero de distintas culturas y ya ellos mismos desgarrados, como entonces se decía, de las sociedades ibéricas penihsulares y transplantados a un Nuevo Mundo, que para ellos fue todo nuevo de naturaleza y de humanidad, donde tenían a su vez que reajustarse a un nuevo sincretismo de culturas. Al mismo tiempo, la transculturación de una continua chorrera humana de negros africanos, de razas y culturas diversas, procedentes de todas las comarcas costeñas de África, desde el Senegal, por Guinea, Congo y Angola en el Atlántico, hasta las de Mozambique en la contracosta oriental de aquel continente. Todos ellos arrancados de sus núcleos sociales originarios y con sus cúlturas destrozadas, oprimidas bajo el peso de las culturas aquí imperantes, como las cañas de azúcar son molídas entré las masas de los trapiches. Y todavía más culturas inmigratorias, en oleadas esporádicas o en manaderos continuos, siempre fluyentes e influyentes y de las más varias oriundeces: indios continentales, judíos, lusitanos, anglosajones, franceses, norteamericanos y hasta amarillos mongoloides de Macao, Cantón y otras regiones del que fue Celeste Imperio. Y cada inmigrante corno un desarraigado de su tierra nativa en doble trance de desajuste y de reajuste, de desculturación o, exculturación y de aculturación o inculturación, y al fin, de síntesis de transculturación.

En todos los pueblos la evolución histórica significa siempre un tránsito vital de culturas a ritmo más o menos reposado o veloz; pero en Cuba han sido tantas y tan diversas en posiciones de espacio y categorías estructurales las culturas que han influido en la formación de su pueblo, que ese inmenso amestizamiento de razas y culturas sobrepuja en trascendencia a todo otro fenomeno histórico. Los mismos fenómenos económicos, los más básicos de la vida social, en Cuba se confunden casi siempre con las expresiones de las diversas culturas. En Cuba decir ciboney, taíno, españiol, judío, inglés, francés, angloamericano, negro, yucateco, chino y criollo, no significa indicar solamente los diversos elementos formativos de la nación cubana expresados por sus sendos apelativos geritilicio. Cada uno de éstos viene a ser también la sintetica e históríca denominación de una economia y de una cultura de las varias que en Cuba se han manifestado sucesiva y hasta coetáneamente, produciéndose a veces los más terribles impactos. Recordemos aquél de la "destrucción de las Indias", que reseñó Bartolomé de las Casas.

Toda la escala cultural que Europa experimentó en más de cuatro milenios, en Cuba se pasó en menos de cuatro siglos. Lo que allí fue subida por rampa y escalones, aquí ha sido progreso a saltos y sobresaltos. Primero fue la cultura de los ciboneyes y guanajabibes, la cultura paleolítica. Nuestra Edad de Piedra. Mejor, nuestra edad de piedra y palo, de piedras y maderas rústicas sin bruñir, y de conchas y espinas de peces, que eran como piedras y púas del mar.

Después, la cultura de los indios taínos, que eran neolíticos. Edad de la piedra con pulirnento y de la madera labrada. Ya con los taínos llegan la agricoltura, la sedentariedad, la abundancia, el cacique y el sacerdote. Y llegan por conquista e imponen la transculturación. Los ciboneyes pasan a síervos naborías o huyen a las serranías y selvas, a los cibaos y caonaos. Luego, un huracán de cultura; es Europa. Llegaron juntos y en tropel el hierro, la pólvora, el caballo, el toro, la rueda, la vela, la brújula, la moneda, el salario, la letra, la imprenta, el libro, el señor, el rey, la iglesia, el banquero... Y un vértigo revolucionario sacudió a los pueblos indios de Cuba, arrancando de cuajo sus instituciones y destrozando sus vidas. Se saltó en un instante de las soñolientas edades de piedra a la edad muy despertada del Renacimiento. En un día se pasaron en Cuba varias edades; se diría que miles de "años-cultura", si fuera admisible una tal métrica para la cronología de los pueblos. Si estas Indias de América fueron Nuevo Mundo para los pueblos europeos, Europa fue Mundo Novísimo para los pueblos americanos. Fueron dos mundos que reciprocamente se descubrieron y entrechocaron. El contacto de las dos culturas fue terrible. Una de ellas pereció, casi totalmente, como fulminada. Transculturación fracasada para los indígenas y radical y cruel para los advenedizos. La india sedimentación humana de la sociedad fue destruida en Cuba y hubo que traer y transmigrar toda su nueva población, así la clase de los nuevos dominadores como la de los nuevos dominados. Curioso fenómeno social éste de Cuba, el de haber sido desde el siglo XVI igualmente invasores, con la fuerza o a la fuerza, todas sus gentes y culturas, todas exógenas y todas desgarradas, con el trauma del desarraigo original y de su ruda transplantación, a una cultura nueva en creación.

Con los blancos llegó la cultura de Castilla y envueltos en ella vinieron andaluces, portugueses, gallegos, vascos y catalanes. Pudiera decirse que la representación de la cultura ibérica, la bianca subpirenaica. Y también desde las primeras oleadas inmigratorias arribaron genoveses, florentinos, judíos, levantinos y berberiscos, es decir, la cultura mediterránea, mixtura milenaria de pueblos y pigmentos, desde los normandos rubios a los subsaharianos negros. Mientras unos blancos trajeron la economia feudalesca, como conquistadores en busca de saqueo y de pueblos que sojuzgar y hacer pecheros; otros, blancos también, venían movidos por la economía del capitalismo mercantil y aun del industrial que ya alboreaba. En varias economias que llegaban, entre sí resueltas y en transición, a sobreponerse a otras economías también varias y mezcladas, pero primitivas y de imposible adaptación les blancos de aquel ocaso de la Edad Media. El mero paso del mar ya les cambiaba su espíritu; salían rotos y perdidos y llegaban señores; de dominados en su tierra pasaban a dominadores en la ajena. Y todos ellos, guerreros, frailes, mercaderes y villanos, vinieron en trance de aventura, desgajados de una sociedad vieja para reinjertarse en otra, nueva de climas, de gentes, de alimentos, de costumbres y de azares distintos, todos con las ambiciones tensas o disparadas hacia la riqueza, el poderío y el retorno allende al declinar de su vida; es decir, siempre en impresa de audacia pronta y transitoria, en linea parabólica con principio y fin en tierra extraña y sólo un pasar para el medro en este pás de Indias.

No hubo factores humanos más trascendentes para la cubanidad que esas continuas, radicales y contrastantes transmigraciones geográficas, económicas y sociales de los pobladores; que esa perenne transitoriedad de los propósitos y que esa vida siempre en desarraigo de la tierra habitada, siempre en desajuste con la sociedad sustentadora. Hombres, economías, culturas y anhelos todo aquí se sintió foráneo, provisional, cambiadizo, "aves de paso" sobre el país, a su costa, a su contra y a su malgrado.

Con los blancos llegaron los negros, primero de España, entocences cundida de esclavos guineos y congos, y luego directamente de toda la Nigricia. Con ellos trajeron sus diversas culturas, unas selváticas como la de los ciboneyes, otras de avanzada barbarie como la de los taínos, y algunas de más complejidad económica y social, como la de los mandingas, yolofes, hausas, dahomeyanos y yorubas, ya con agricoltura, esclavos, moneda, mercados, comercio forastero y gobiernos centralizados y efectivos sobre territorios y poblaciones tan grandes como Cuba; culturas intermedias entre la taína y la azteca; ya con metales, pero aún sin escritura.

Los negros trajeron con sus cuerpos sus espíritus, pero no sus instituciones, ni su instrumentario. Vinieron negros cm multitud de procedencias. razas, lenguajes, culturas, clases, sexos y edades, confundídos en los barcos y barracones de la trata y socialmente igualados en un mismo régimen de esclavitud. Llegaron arrancados, heridos y trozados como las cañas en el ingenio y como éstas fueron molidos y estrujados para sacarles su jugo de trabajo. No hubo otro elemento humano en más profunda y continua transmigración de ambientes, de culturas, de clases y de conciencias. Se traspasaron de una cultura a otra más potente, como los indios; pero éstas sufrieron en su tierra nativa, creyendo que al morir pasaban al lado invisible de su propio mundo cubano, y los negros, con suerte más cruel, cruzaron el mar en agonía y creyendo que aún después de muertos tenían que repasarlo para revivir allá en África con sus padres perdidos. Fueron los negros arrancados de otro continente como los blancos; pero aquéllos fueron traídos sin voluntad ni ambición, forzados a dejar sus antecedentes costumbres tribales para aqui desesperarse en la esclavitud, mientras el blanco, que de su tierra salía desesperado, llegaba a las Indias en orgasmo de esperanzas, trocado en amo ordenador. Y si indios y castellanos en sus agobios tuvieron amparo y consuelo de sus familias, sus prójimos, sus caudillos y sus templos, los negros nada de eso pudieron hallar. Más desgarrados que todos, fueron aglomerados como bestias en jaula, siempre en rabia impotente, siempre en ansia de fuga, de emancipación, de mudanza y siempre en trance defensivo, de inhibición, de disimulo y de aculturación a un mundo nuevo. En tales condiciones de desgarre y amputación social desde continentes ultraoceánicos, año tras año y siglo tras siglo, miles y miles de seres humanos fueron traídos a Cuba. En mayor o menor grado de disociación estuvieron en Cuba así los negros como los blancos. Todos convivientes, arriba o abajo, en un mismo ambiente de terror y de fuerza; terror del oprimido por el castigo, terror del opresor por la revancha; todos fuera. de justicia, fuera de ajuste fuera de sí. Y todos en trance doloroso de transculturación a un nuevo ambiente cultural.

Después de los negros fueron llegando judíos, franceses, anglosajones, chinos y gentes de todos los rumbos; todas ellas a un nuevo mundo, y todas de paso, a un proceso de transplantación y reforma más o menos hirviente.

Entendemos que el vocablo transculturación expresa mejor las diferentes fases del proceso transitivo de una cultura a otra, porque éste no consiste solamente en adquirir una distinta cultura, que es lo que en rigor indica la voz angloamericana acculturation, sino que el proceso implica también necesariamente la pérdida o desarraigo de una cultura precedente, lo que pudiera decirse una parcial desculturación, y, además, significa la consiguiente creación de nuevos fenómenos culturales que pudieran denominarse de neoculturación. Al fin, como bien sostiene la escuela de Malinowski, en todo abrazo de culturas sucede lo que en la cópula genética de los individuos: la criatura siempre tiene algo de ambos progenitores, pero también siempre es distinta dé cada, uno de los dos. En conjunto, el proceso es una transculturación, y este vocablo comprende todas las fases de su parábola.

Estas cuestiones de nomenelatura sociológica no son baladíes para la mejor inteligencia de los fenómenos sociales, y menos en Cuba donde, como en pueblo alguno de América, su historia es una intensísima complejísima e incesante transculturación de varias masas humanas, todas ellas en pasos de transición. El concepto de transculturación es cardinal y elementalmente indispensable para comprender la historia de Cuba y, por análogas razones, la de toda la América en general. Pero no es ésta la ocasión oportuna para extendernos en ese tema.

Sometido el propuesto nelogismo, transculturación, a la autoridad irrecusable de Bronislaw Malinowski, el gran maestro contemporaneo de étnograria y sociología, ha merecido su inmediata aprobación. Con tan eminente padrino, no vacilamos en lanzar el neologismo susodicho.

Portugués

Com o aval do leitor, especialmente daqueles interessados em estudos sociológicos, nos permitimos usar pela primeira vez o vocábulo "transculturação", sabendo que é um neologismo. Atrevemo-nos a propor este termo, para que na terminologia sociológica possa substituir, ao menos em parte, o vocábulo aculturação, cujo uso está se estendendo ultimamente.

Entende-se por aculturação o processo de trânsito de uma cultura para outra e todas suas repercussões sociais. Transculturação, porém, é um vocábulo mais apropriado.

Escolhemos transculturação para expressar os variadíssimos fenômenos que se originam em Cuba, por meio das complexas transmutações de culturas que aqui se verificam; sem conhecêlas é impossível entender a evolução do povo cubano, tanto no aspecto econômico quanto no institucional, jurídico, ético, religioso, artístico, lingüístico, psicológico, sexual e nos demais aspectos da vida.

A verdadeira história de Cuba é a história de suas intrincadíssimas transculturações. Primeiro a transculturação do índio paleolítico ao neolítico, e seu desaparecimento por não se adaptar ao impacto da nova cultura castelhana.

No momento seguinte, a transculturação de uma corrente incessante de imigrantes brancos. Espanhóis, de culturas diferentes, já desgarrados como se dizia então, das sociedades ibéricas peninsulares e transplantados a um Novo Mundo, no qual, tudo era novo para eles, da natureza à humanidade, e onde tinham que reajustar-se a um novo sincretismo de culturas. Ao mesmo tempo, a transculturação de uma contínua torrente humana, de negros africanos, de etnias e culturas diversas, procedentes de todas as comarcas costeiras da África, desde o Senegal, passando pela Guiné, Congo e Angola no Atlântico, até as de Moçambique, na costa oriental do continente africano. Todos eles arrancados de seus núcleos sociais originais, com suas culturas destroçadas, oprimidas sob o peso das culturas aqui hegemônicas, como a cana de açúcar, moídas entre as rodas do moinho. E ainda mais, culturas migratórias, em ondas esporádicas ou em fluxo contínuo, fluindo ou não, oriundas dos mais variados lugares: indígenas continentais, judeus, lusitanos, anglo-saxões, franceses, norte-americanos e até mongóis amarelos de Macau, Cantão e de outras regiões do que foi o Império Celeste. Cada imigrante desarraigado de sua terra natal, em um movimento duplo de desajuste e de reajuste, de desculturação ou exculturação e de aculturação ou inculturação, e por fim, de síntese de transculturação.

Em todos os povos, a evolução histórica significa sempre um trânsito vital de culturas a um ritmo mais ou menos lento ou rápido; mas em Cuba, foram tantas e tão diversas, em posições espaciais e categorias estruturais, as culturas que influenciaram na formação do povo, que esta imensa mestiçagem de raças e culturas sobrepuja em transcendência qualquer outro fenômeno histórico. Até mesmo os fenômenos econômicos, os mais básicos da vida social, em Cuba se confundem quase sempre com as expressões das diversas culturas. Em Cuba, dizer ciboney, taíno, espanhol, judeu, inglês, francês, anglo-americano, negro, yucateco, chinês e crioulo, não significa apenas indicar os diversos elementos formadores da nação cubana, expressos pelo uso do gentílico. Cada um deles vem a ser também a sintética e histórica denominação de uma economia e de uma cultura, das muitas que em Cuba se manifestaram sucessiva e até simultaneamente, produzindo, às vezes, os mais terríveis impactos. Recordemos aquele da "destruição das Indias", resenhado por Bartolomé de la Casas.

Toda a escala cultural que a Europa experimentou em mais de quatro milênios, em Cuba ocorreu em menos de quatro séculos. O que no velho continente se subiu por rampas e degraus, aqui se deu a saltos e sobressaltos. Primeiro foi a cultura dos ciboneyes e guanajabibes, a cultura paleolítica: nossa idade da pedra. Ou melhor, nossa idade de pedra e pau; de pedras e madeiras rústicas sem polimento, e de conchas e espinhas de peixes, que eram como pedras e puas do mar.

Posteriormente surge a cultura dos índios taínos, que eram neolíticos. é a idade da pedra polida e da madeira lavrada. Os taínos introduzem a agricultura, a vida sedentária, a abundância, o cacique e o sacerdote. Chegam por conquista e impõem a transculturação. Os ciboneyes se tornam servos naborías ou fogem para as serras e para as selvas, aos cibaos e caonaos. Em seguida um furacão de cultura. é a Europa. Chegaram juntos em um torvelinho, o ferro, a pólvora, o cavalo, o boi, a roda, a vela, a bússola, a moeda, o salário, a letra, a imprensa, o livro, o senhor, o rei, a igreja, o banqueiro... E uma vertigem revolucionária sacudiu os povos indígenas de Cuba, arrancando de roldão suas instituições e destroçando suas vidas. Em um instante se saltou da sonolenta idade da pedra à desperta idade do Renascimento. Em um único dia, em Cuba, se passaram várias idades; vários "anos-cultura", se poderia dizer, caso fosse possível utilizar tal métrica para a cronologia dos povos. Se as índias da América foram o Novo Mundo para os povos europeus, Europa foi o Novíssimo Mundo para os povos americanos. Foram dois mundos que reciprocamente se descobriram e se entrechocaram. O contato das duas culturas foi terrível. Uma delas pereceu, quase totalmente, fulminada. Transculturação fracassada para os indígenas e radical e cruel para os que chegavam. A sedimentação humana indígena da sociedade, em Cuba, foi destruída a ponto de ser necessário trazer e transmigrar toda uma nova população; tanto a classe dos novos dominadores quanto a dos novos dominados. Curioso fenômeno social este de Cuba: terem sido, desde o século XVI, igualmente invasores, com a força ou à força, toda sua gente e culturas, todas exógenas, todas desgarradas, com o trauma do desarraigamento original e sua rude transplantação a uma cultura nova em criação.

Com os brancos chegou a cultura de Castela e com ela vieram os adaluzes, os portugueses, os galegos, os bascos e os catalães. Poder-se-ia dizer que toda a representação da cultura ibérica abaixo dos Pirineus. Também desde as primeiras ondas migratórias chegaram genoveses, fiorentinos, judeus, levantinos e berberiscos, isto é, a cultura mediterrânea, mistura milenar de povos e pigmentações desde os louros normandos aos negros sub-saarianos. Enquanto alguns brancos trouxeram a economia feudal, como conquistadores em busca do saque e de povos para subjugar, outros, também brancos, vinham movidos pela economia do capitalismo mercantil e do nascente capitalismo industrial. Em várias economias que chegavam, em transição, e resolvidas entre si a sobrepor-se à outras economias, também variadas e mescladas, mas primitivas e de impossível adaptação aos brancos daquele ocaso da Idade Média. O simples cruzar dos mares lhes mudava o espírito: saíam em andrajos e perdidos, chegavam senhoriais: de dominados em sua terra, passavam a dominadores em terra alheia. Todos eles, guerreiros, frades, mercadores e aldeões, vieram em busca de aventura, desgarrados de uma sociedade velha, para se reintroduzirem em outra: nova de climas, de gente, de alimentos, de costumes, de hábitos e de sortes distintas; todos com as ambições voltadas para a riqueza, o poder e o retorno ao lugar de origem no declínio da vida; isto é, sempre com o projeto de audácia efetiva e transitória, em linha parabólica, com princípio e fim em terra estranha, e apenas uma estadia passageira e lucrativa neste país das índias.

Não houve fatores humanos mais transcendentes para a cubanidade do que essas contínuas, radicais e contrastantes transmigrações geográficas, econômicas e sociais dos seus povoadores, do que essa perene transitoriedade dos propósitos, do que essa vida sempre desenraizada da terra habitada, sempre em desajuste com a sociedade sustentadora. Homens, economias, culturas e desejos, tudo aqui se sentiu forâneo, provisório, mutável, "aves passageiras" sobre o país, em sua costa, contra si e contra sua vontade.

Com os brancos chegaram os negros, primeiro da Espanha, naquela época repleta de escravos da Guiné e do Congo, depois, diretamente de todas as etnias negras. Com eles suas diversas culturas, umas selvagens, como os ciboneyes, outras de barbárie adiantada, como a dos taínos, e algumas de maior complexidade econômica e social, como a dos mandingas, yolofes, hausas, dahomeyanos e yorubas, já com agricultura, escravos, moeda, mercados, comércio externo e governos centralizados e efetivos sobre territórios e populações tão grandes quanto Cuba; culturas intermediárias entre a taína e a azteca, já com metais, mas ainda sem escrita.

Os negros trouxeram com seus corpos seus espíritos, mas não suas instituições e ferramentas. Vieram negros de uma multiplicidade de procedências: raças, línguas, culturas, classes, sexos e idades, misturados nos navios negreiros e nas senzalas, e socialmente nivelados pelo mesmo regime de escravidão. Chegaram arrancados, feridos e destroçados como a cana nos engenhos e como esta, foram moídos, espremidos para lhes tirarem o sumo do trabalho. Não houve outro elemento humano em mais profunda e contínua transmigração de ambientes, de culturas, de classes e de consciência. Foram transportados de uma cultura para outra mais potente, como os indígenas; mas estes sofreram em sua terra natal, e acreditavam que, ao morrer, passavam para o lado invisível de seu próprio mundo cubano. Os negros, com o destino mais cruel, cruzaram os mares em agonia, acreditando que mesmo depois de mortos teriam que voltar, para reviver, lá na África, com seus pais perdidos. Os negros foram arrancados de outro continente, como os brancos; mas foram trazidos sem vontade nem ambição, forçados a deixar seus costumes tribais para aqui se desesperarem na escravidão, enquanto o branco, que abandonava sua terra desesperado, chegava às índias em orgasmo de esperanças, transformado em amo poderoso. E se os indígenas e castelhanos, em seu desespero, tiveram o amparo e o consolo de suas famílias, de seus parentes, de seus caudilhos e templos, os negros, nada disso puderam encontrar. Mais desgarrados que todos, foram aglomerados em jaulas, como animais, sempre com um sentimento de raiva impotente, sempre com ânsia de fuga, de emancipação, de mudança, e sempre em postura defensiva, de inibição, de dissimulação e de aculturação diante do mundo novo. Nessas condições de desarraigamento e amputação social entre continentes ultraoceânicos, ano após ano, século após século, centenas de milhares de seres humanos foram trazidos a Cuba. Em maior ou menor grau de isolamento, viveram em Cuba, tanto os negros quanto os brancos. Todos conviveram, em cima ou em baixo, num mesmo ambiente de terror e de força; terror do oprimido pelo castigo, terror do opressor pela revanche; todos fora da justiça, desajustados, fora de si. E todos em um doloroso movimento de transculturação a um novo ambiente cultural.

Depois dos negros chegaram judeus, franceses, anglo-saxões, chineses, povos de várias origens; todos ao novo mundo, todos de passagem, num processo de transplantação mais, ou menos efervescente.

Entendemos que o vocábulo transculturação expressa melhor as processo de transição de uma cultura para outra, porque este processo não consiste somente em adquirir uma cultura diferente, o que, a rigor, significa o vocábulo anglo-saxão acculturation, porém o processo implica também, necessariamente, na perda, no desenraizamento de uma cultura anterior, o que se poderia chamar de uma desculturação parcial, e, além do mais, significa a criação conseqüente de novos fenômenos culturais, que se poderiam denominar neo-culturação. Enfim, como bem sustenta a escola de Malinowski, em todo enlace de culturas ocorre o mesmo que na cópula genética dos indivíduos: a criança sempre tem algo de seus progenitores, mas sempre algo diferente de cada um dos dois. Na sua totalidade, o processo é uma transculturação, e esse vocábulo compreende todas as fases da sua parábola.

Estas questões de nomenclatura sociológica não são banais para um melhor entendimento dos fenômenos sociais, e menos ainda em Cuba onde, como em nenhum povo da América, sua história é uma intensíssima, complexíssima e incessante transculturação de várias massas humanas, todas elas em vias de transição. O conceito de transculturação é essencial e indispensável para compreender a história de Cuba e, por razões análogas, a de toda a América. Mas este não é o momento oportuno para nos estendermos neste tema.

Ao submeter o neologismo proposto, transculturação, à autoridade irrecusável de Bronislaw Malinowski, o grande mestre contemporâneo da etnografia e da sociologia, mereceu sua imediata aprovação. Com um padrinho tão eminente, não hesitamos em lançar o referido neologismo.





Tomado de: FERNANDO ORTIZ, Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar, La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 1991, pp. 86-90 (primera edicción: La Habana, J. Montero, 1940)


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