Cuba

Una identità in movimento


"Estatuas de siladia". Cuento de Ray Respall Rojas

Ray Respall Rojas


Cuando mis padres decidieron que debíamos mudarnos a un pequeño pueblo llamado Siladia no imaginé lo que allí me tocaría vivir. Llegamos a eso de las doce del día, no conocía a nadie y estaba bastante disgustado por haber tenido que dejar atrás a mis compañeros de juegos... Aburrido, pensé en echar un vistazo. Todo eran casas pequeñas y algunas tiendas, ubicadas alrededor de un parque central, que fue lo único que llamó mi atención pues estaba lleno de imponentes estatuas. Me acerqué para verlas mejor, aunque parecían bastante antiguas eran de una hechura admirable, representaban guerreros y monarcas de tiempos pasados, acompañadas de una inscripción donde se describía quién había sido cada uno de ellos en vida. La estatua central tenía grabada una leyenda en la base que decía:

    "Carod Devon, soberano de Siladia".

Estaba absorto en mis pensamientos cuando, de una caseta al fondo del parque, que no había advertido por estar semioculta tras las esculturas, salió un anciano. Apoyaba su peso sobre un largo bastón, casi de su altura, cubría su cabeza y su espalda con una larga capa de un negro intenso rematada en una capucha de bordes dorados. Miró al cielo como si buscara algo y, con la gracia de un mago, sacó un pañuelo, se secó el sudor de la frente y se dirigió a la efigie del centro. Al verle aparecer, yo había corrido a esconderme detrás de una de las imágenes. Desde allí observé que cuando llegó junto a la del rey comenzó a hablarle en voz baja.

Me alejé a toda prisa, tomándolo por loco, y corrí a donde mis padres para contarles de mi extraño encuentro, pero ellos estaban muy atareados ordenando los muebles, por lo que decidí armarme de valor y volver junto al encapuchado, para dar respuesta a las interrogantes que no cesaban de formarse en mi mente. Al llegar, me paré detrás de él, tratando de no emitir ningún sonido; el anciano acaba de concluir su charla, levantándose lenta y suavemente. Su voz, gastada pero aún impresionante, me sacó de mi contemplación.

    — ¿Quién eres y qué buscas? — preguntó sin volver la espalda.

Casi sin aliento, tomado por sorpresa, me presenté y le dije que buscaba solo saber su nombre. Girándose suavemente hacia mí, descubrió su rostro con un gesto:

    — Soy el cuidador del parque. Puedes llamarme por mi nombre, Golei.

A partir de ese encuentro nos hicimos amigos. Mientras me acostumbraba a mi nueva vida en el pueblo, esperaba con impaciencia haber terminado mis tareas para ir a su encuentro, aunque decidí ocultar todo lo referente a estas visitas a mis padres y nuevos conocidos. Él me contaba la historia de cada uno de los inmortalizados en el parque, epopeyas llenas de magia, feroces batallas contra dragones, grifos, poderosos hechiceros, feroces enemigos, sagas a veces increíbles que hicieron de cada uno de ellos grandes héroes que, en un momento u otro, habían salvado al antiguo reino de Siladia. No se trataba de creerlo, sino de admirar la fluidez con que las palabras salían de sus labios, soñar con aquellos grandes paladines, entender su amor por el parque.

Una tarde, cuando acudí a mi acostumbrada cita, Golei no estaba. Esperé casi hasta el anochecer, me parecía increíble no verlo en su acostumbrada postura de veneración hacia las efigies de piedra. Fui a su caseta a buscarlo, llamé varias veces y nadie respondió, empujé entonces la vetusta puerta, que se abrió con facilidad. En el interior de la habitación, más parecida la celda de un monje que a un cuarto ordinario, había un camastro de hierro, una silla y una mesa. Sobre esta encontré un papel doblado con mi nombre, junto a unas llaves.

Era una carta de mi amigo, en ella me decía que ya no podía seguir cuidando el parque, había llegado la hora de regresar al lugar donde pertenecía. Me dejaba las llaves de la caseta y me pedía encarecidamente que cuidara de las esculturas, enfatizando en que no olvidara nada de lo escuchado en las tardes que pasamos juntos.

Me quedó la duda acerca de qué había querido decir, pero ya había hecho un hábito de mis caminatas diarias, nunca falté a la cita con aquel lugar lleno de historias de héroes, monarcas y guerreros de leyenda... ¿Se habrían llevado al pobre hombre para un asilo o un sanatorio? ¿Habría muerto ya? ¿Cuál habría sido su último pensamiento antes de partir? ¿Qué le había hecho escogerme a mí, un recién llegado, para hacerme entrega de su legado?

Un día, no más llegar, advertí una estatua nueva. Sorprendido, corrí junto a ella, representaba un guerrero de brillante armadura, su rostro y espalda se cubrían con una manta, en la mano sostenía una alabarda. En la inscripción de bronce, que brillaba destacándose del mármol de la escultura, se leía:

    "Golei Lodmo, guardián de Siladia".

No pude callar más mi secreto. Corrí al encuentro de mis padres y les conté lo sucedido, detallando mis encuentros con el extraño personaje... la nueva estatua era la prueba de que no mentía. Mi madre me miró sorprendida:

    — ¿Estatuas? Pero si el parque de este pueblo lo que tiene son tres bancos despintados y una fuente que no echa agua... Si llego a saber que te ibas a encontrar todos los días con aquel viejito harapiento y medio loco que vivía en la caseta y que nadie sabe dónde se metió, te lo hubiera prohibido; hay mejores cosas que hacer a tu edad.

Regresé al parque... mientras el sol dejaba mi cuerpo sin sombras, comprendí las palabras de la carta.


Pagina enviada por Marié Rojas Tamayo
(12 de octubre del 2006)


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