Cuba

Una identità in movimento

Gabriel de la Concepción Valdés ("Plácido")

Gabriel de la Concepción Valdés


La flor de la caña

Muerte de Gesler

Plegaria a Dios

Gabriel de la Concepción Valdés (Plácido)



La flor de la caña

(Letrilla)

Yo ví una veguera
trigueña, tostada,
que el sol, envidioso
de sus lindas gracias,
o quizá bajando
de su esfera sacra,
prendado de ella,
le quemó la cara,
y es tierna y modesta,
como cuando saca
sus primeros tilos,
— la flor de la caña.
La ocasión primera
la la vide estaba
de blanco vestida,
con cintas rosadas;
llevaba una gorra
de brillante paja,
que tejió ella misma
con sus manos castas,
y una hermosa pluma
tendida, canaria,
que el viento mecia
— como flor de caña.
Su acento es divino,
sus labios de grana,
de cuerpo gracioso,
ligera su planta,
y las rubias hebras
que a la merced vagan
del céfiro, brillan
de perlas ornadas,
como con las gotas
que destila el alba,
candorosa rie
— la flor de la caña.
El domingo antes
de Semana Santa,
al salir de misa
le entregué una carta,
y en ella unos versos
donde le juraba,
mientras existiera,
sin doblez amarla.
Temblando tomóla
de pudor velada,
como con la nieve
— la flor de la caña.
Habléla en el baile
la noche de Pascua;
púsose encendida,
descogió su manta
y sacó del seno,
confusa y turbada,
una petaquilla
de colores varias;
diómela al descuido,
y, al examinarla,
he visto que es hecha
— con flores de caña.
En ella hay un rizo,
que no lo trocara
por todos los tronos
que en el mundo haya;
un tabaco puro
de Manicaragua
con una sortija
que ajusta la capa,
y en lugar de tripa
le encontré una carta,
para mi más bella
— que la flor de caña.
No hay ficción en ella,
sino estas palabras:
"Yo te quiero tanto
como tú me amas."
Es una reliquia
de rasete, blanca,
al cuello conmigo
la traigo colgada,
y su tacto quema,
como el sol que abrasa
en julio y agosto
— la flor de la caña.
Ya no me es posible
dormir sin besarla;
y mientras viva
no pienso dejarla.
Veguera preciosa
de la tez tostada,
ten piedad del triste
que tanto te ama;
mira que no puedo
vivir de esperanzas,
sufriendo vaivenes
— como flor de caña.
Juro que en mi pecho,
con toda eficacia,
guardaré el secreto
de nuestras dos almas;
no diré a ninguno
que es tu nombre Idalia,
y si me preguntan
los que saber ansian
quién es mi veguera,
diré que te llamas
por dulce y honesta,
— la flor de la caña.


Muerte de Gesler

Sobre un monte de nieve transparente,
en el arco la diestra reclinada,
por un disco de fuego coronada,
muestra Guillermo Tell la heroica frente.
Yace en la playa el déspota insolente,
con férrea vira al corazón clavada,
despidiendo al infierno acelerada
el alma negra en forma de serpiente.
El calor le abandona, sus sangrientos
miembros bota la tierra al océano;
tórnanle a echar las olas y los vientos;
¡No encuentra humanidad el inhumano!
y hasta los insensibles elementos
lanzan de sí los restos de un tirano.


Plegaria a Dios

Ser de inmensa bondad, ¡Dios poderoso!
a vos acudo en mi dolor vehemente...
¡Extended vuestro brazo omnipotente,
rasgad de la calumnia el velo odioso,
y arrancad este sello ignominioso
con que el hombre manchar quiere mi frente!
¡Rey de los reyes! ¡Dios de mis abuelos!
Vos sólo soís mi defensor, ¡Dios mío...!
Todo lo puede quien al mar sombrío
olas y peces dió, luz a los cielos,
fuego al Sur, giro al aire, al Norte hielos,
vida a las plantas, movimiento al río.
Todo lo podéis vos, todo fenece
o se reanima a vuestra voz sagrada;
fuera de vos, Señor, el todo es nada,
que en la insondable eternidad perece;
y aun esa misma nada os obedece,
pues de ella fué la humanidad creada.
Yo no os puedo engañar, Dios de clemencia,
y pues vuestra eternal sabiduria
ve al través de mi cuerpo el alma mía
cual del aire a la clara transparencia,
estorbad que humillando la inocencia
bata sus palmas la calumnia impía.
Estorbadlo, Señor, por la preciosa
sangre vertida, que la culpa sella
del pecado de Adán; o por aquella
madre cándida, dulce y amorosa,
cuando envuelta en pesar, mustia y llorosa,
siguió tu muerte como helíaca estrella.
Mas si cuadra a tu Suma Omnipotencia
que yo perezca cual malvado impío,
y que los hombres mi cadáver frío
ultrajen con maligna complacencia...,
suene tu voz, acabe mi existencia...
¡Cúmplase en mi tu voluntad, Dios mío...


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Webmaster: Carlo NobiliAntropologo americanista, Roma, Italia

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